Discurso ante la Organización de las Naciones Unidas
Por el Venerable Bhikkhu Bodhi
El 15 de mayo del año 2000, el
Venerable Bhikkhu Bodhi fue invitado a dar una conferencia ante la ONU en
ocasión de la primera celebración oficial de Vesak, la conmemoración del
nacimiento, iluminación y muerte del Buddha.
Prólogo
Inicialmente quisiera expresar mi regocijo por estar presente aquí el día de
hoy, en esta auspiciosa ocasión con motivo del primer reconocimiento
internacional en la ONU de Vesak, el día en que se conmemora el nacimiento,
iluminación y muerte del Buddha. No obstante que yo visto la túnica de un monje
Buddhista Theravada, soy nativo de la Ciudad de Nueva York, nacido y educado en
Brooklyn. Durante los primeros veinte años de mi vida no supe nada acerca del
buddhismo. A la temprana edad de veinte años, desarrollé un interés en el
buddhismo como alternativa significativa al materialismo de la cultura
Norteamericana moderna. Dicho interés creció en el transcurso de los siguientes
años. Después de concluir mis estudios de graduado en filosofía occidental,
viajé a Sri Lanka, en donde ingresé a la orden monástica buddhista. He vivido
en Sri Lanka durante la mayor parte de mi vida adulta, por lo que me siento
particularmente contento de regresar a mi ciudad natal para dirigirme a esta
augusta asamblea.
Desde el quinto siglo a.C., el Buddha ha sido la Luz de Asia, un maestro
espiritual cuya enseñanza ha esparcido su luminosidad sobre un área que en una
época se extendió desde el Valle de Kabul en el oeste hasta Japón en el este;
desde Sri Lanka en el sur hasta Siberia en el norte. La personalidad sublime
del Buddha ha dado nacimiento a toda una civilización guiada por elevados
ideales tanto éticos como humanitarios, a una tradición espiritual vibrante que
ha ennoblecido las vidas de millones con la visión de los potenciales humanos
más elevados. Su atractiva figura es la pieza central de logros magníficos en
todas las artes -literatura, pintura, escultura y arquitectura.
Su amable e inescrutable sonrisa ha dado origen a vastas bibliotecas de
escrituras y tratados que han intentado desentrañar su profunda sabiduría. En
nuestros días, a medida que el buddhismo se empieza a conocer más en todo el
mundo, está atrayendo a un circulo de seguidores siempre en expansión y
comenzando a tener más influencia en la cultura Occidental. Por tanto es muy
apropiado que la Organización de las Naciones Unidas reservaran un día de cada
año para rendir homenaje a este hombre de intelecto grandioso y de corazón
ilimitado, al que millones de personas en muchos países consideran como su
maestro y guía.
El Nacimiento del Buddha
El primer hecho en la vida del Buddha conmemorado en Vesak es su nacimiento.
En esta parte de mi plática quisiera considerar el nacimiento del Buddha, no en
términos meramente históricos, sino a través de la lente de la tradición
buddhista -un enfoque que revelará más claramente lo que este hecho significa
para los buddhistas. Con objeto de ver el nacimiento del Buddha desde la
perspectiva de la tradición buddhista, debemos considerar inicialmente la
pregunta, “¿Qué es un Buddha?” Como es ampliamente conocido, la palabra
“Buddha” no es un nombre propio sino un título honorífico que significa “El
Iluminado” o “El Despierto”. El título es otorgado al sabio de la India
Siddhartha Gautama, el cual vivió y enseñó en el noreste de la India en el
siglo quinto a.C. Desde el punto de vista histórico, Gautama es el Buddha, el
fundador de la tradición espiritual conocida como buddhismo.
Sin embargo, desde el punto de vista de la doctrina buddhista clásica, la palabra
“Buddha” tiene un significado más amplio que el mero título de una figura
histórica. La palabra denota, no solamente a un maestro religioso en particular
que vivió en una época en particular, sino un ser humano ejemplar del cual han
habido muchos casos en el curso del tiempo cósmico. De la misma forma en que el
título “Presidente de los Estados Unidos” se refiere no sólo a Bill Clinton,
sino a todo aquel que ha ejercido la presidencia norteamericana, de la misma
manera el título “Buddha” es en cierto sentido un “cargo espiritual”, que se
aplica a todos aquellos que han logrado el estado de Buddha. El Buddha Gautama
es entonces, simplemente, el último miembro en el linaje espiritual de Buddhas,
el cual se extiende hacia atrás hasta lo más recóndito del pasado y hacia
adelante hasta los distantes horizontes del futuro.
Con el objeto de entender este punto con más claridad, se requiere de una
breve incursión dentro de la cosmología buddhista. El Buddha enseña que el
universo no tiene un inicio que se pueda descubrir en el tiempo: no existe un
punto primigenio, no hay un momento inicial de creación. A través del remoto e
inefable pasado los sistemas cósmicos surgen, evolucionan, y después se
desintegran, seguidos por nuevos sistemas cósmicos sujetos a la misma ley de
crecimiento y desintegración. Cada sistema cósmico consiste en numerosos planos
de existencia habitados por seres con capacidad sensorial similares en casi
todo a nosotros mismos. Además de los planos de existencia que nos son
familiares, el humano y el animal, (en el universo) existen planos celestiales
con un rango superior al nuestro, planos de felicidad celestial, y planos
infernales por debajo del nuestro, obscuros niveles de dolor y miseria. Los
seres que habitan estos planos pasan de vida en vida en un proceso
ininterrumpido de renacimiento llamado ‘samsara’, una palabra que significa
"el vagar una y otra vez." Este vagar sin objetivo de nacimiento en
nacimiento, es impulsado por nuestros propios deseos e ignorancia, y la forma
particular que toma cualquier renacimiento está determinada por nuestro karma,
nuestras acciones buenas y malas, nuestras acciones volitivas por medio del
cuerpo, lenguaje y pensamiento. Este proceso es gobernado por una ley moral
impersonal, la cual asegura que las acciones buenas producen un renacimiento
placentero, y las malas uno doloroso.
En todos los planos de existencia la vida es impermanente, sujeta a la
vejez, decaimiento y muerte. Inclusive la vida en los cielos, no obstante que
es larga y feliz, no es eterna. Cada existencia a la larga llega a su fin, para
ser seguida por un renacimiento en algún otro lugar. Por lo tanto, cuando se
examina con detenimiento, todos los modos de existencia dentro del ‘samsara’ se
revelan como defectuosos, sellados con la marca de la imperfección. Son
incapaces de ofrecer felicidad y paz estables, y por lo tanto no son capaces de
ofrecer una solución final al problema del sufrimiento.
Sin embargo, más allá de las esferas condicionadas del renacimiento, existe
también un plano o estado de perfecta felicidad y paz, de libertad espiritual
completa, un estado que puede ser comprendido aquí mismo y ahora inclusive en
medio de este mundo imperfecto. Este estado es llamado Nirvana (en pali,
Nibbana), el “apagarse” de las flamas del deseo, la aversión y la ofuscación.
También existe un camino, una vía de práctica que conduce del sufrimiento de
‘samsara’ a la felicidad del Nirvana; que conduce del ciclo de la ignorancia,
deseo y esclavitud hacia la paz y libertad incondicionadas.
Durante largas épocas (que se cuentan en eones) este camino estará perdido
para el mundo y será totalmente desconocido y, por ende, la vía hacia el
Nirvana será inaccesible. Sin embargo, de tiempo en tiempo surge en el mundo un
hombre que, mediante su propio esfuerzo y penetrante inteligencia, encuentra el
camino perdido que conduce a la liberación. Habiéndolo encontrado, lo sigue
hasta el final y llega a comprender la realidad final acerca del mundo.
Entonces regresa al seno de la humanidad y enseña esta verdad a otros, dando a
conocer una vez más el camino hacia la felicidad más elevada. La persona que
ejerce esta función es un Buddha.
Por lo tanto un Buddha no es meramente un Iluminado, sino por encima de todo
un Iluminador, un Maestro del Mundo. Su función es la de redescubrir, en una
época de obscurantismo espiritual, el camino perdido hacia el Nirvana, que
conduce a la libertad espiritual perfecta, y enseñar este camino al mundo en
general. De esta manera, otros son capaces de seguir sus pasos y llegar a la
misma experiencia de emancipación que él logró. Un Buddha no es único en cuanto
al logro del Nirvana. Todos aquellos que siguen el camino hasta el final logran
el mismo objetivo. Tales individuos son llamados Arahants, “valiosos”, debido a
que han destruido toda ignorancia y deseo. El papel único del Buddha es el de
redescubrir el Dharma, el principio fundamental de verdad y de establecer un
“linaje” o herencia espiritual con el objeto de conservar la enseñanza para
generaciones futuras. Mientras la enseñanza sea asequible, aquellos que la
encuentran y entran en la vía son capaces de llegar al objetivo indicado por el
Buddha como el bien supremo.
Para ser calificado como un Buddha, un Maestro del Mundo, un aspirante debe
prepararse a lo largo de un periodo inconcebiblemente largo de tiempo que
abarca un número incalculable de existencias. Durante estas vidas pasadas, se
utiliza el término “Bodhisattva” para referirse al futuro Buddha, un aspirante
a la iluminación completa de la Buddheidad. En cada vida el Bodhisattva debe
entrenarse a sí mismo, a través de obras altruistas y esfuerzo meditativo, con
el objeto de adquirir las cualidades esenciales de un Buddha. De acuerdo con la
doctrina del renacimiento, al nacer nuestra mente no es una “tabla rasa”, sino
que acarrea todas las cualidades y tendencias que hemos formado en vidas
previas. De manera que para llegar a ser un Buddha se requiere completar, en el
grado más elevado, todas las cualidades espirituales y morales que alcanzan su
clímax en el estado de Buddha. Estas cualidades son llamadas “paramis” o
“paramitas”, virtudes trascendentes o perfecciones. Las diferentes escuelas
buddhistas ofrecen listas ligeramente diferentes de las “paramitas”. En la
tradición Theravada se dice que son diez: (i) generosidad, (ii) conducta moral,
(iii) renuncia, (iv) sabiduría, (v) energía, (vi) paciencia, (vii) veracidad,
(viii) determinación, (ix) amor benevolente y (x) ecuanimidad. En cada
existencia, vida tras vida a través de eones cósmicos incalculables, un
Bodhisattva debe cultivar estas virtudes sublimes en todos sus multifacéticos
aspectos.
Lo que motiva al bodhisattva a cultivar las “paramitas” en grado tan
extraordinario es el deseo compasivo de otorgar al mundo la enseñanza que
conduce a lo Inmortal, a la perfecta paz del Nirvana. Esta aspiración, nutrida
por amor y compasión ilimitados hacia todos los seres vivientes atrapados en la
red del sufrimiento, es la fuerza que sostiene al bodhisattva en sus muchas
vidas de lucha por perfeccionar las “paramitas”. Y es solo cuando todas las
“paramitas” han alcanzado la cúspide de la perfección que él está calificado
para lograr la suprema iluminación como un Buddha. Así pues, la personalidad
del Buddha es la culminación de las diez cualidades representadas por las diez
“paramitas”. Tal como una gema bien cortada, su personalidad exhibe todas las
excelentes cualidades en perfecto balance. En él estas diez cualidades han
llegado a su consumación y se combinan en una totalidad armoniosa.
Esto explica por qué el nacimiento del futuro Buddha tiene un significado
tan profundo y gozoso para los buddhistas. El nacimiento marca no solo el
surgimiento de un gran sabio y mentor ético, sino el surgimiento de un futuro
Maestro del Mundo. Por lo tanto durante Vesak celebramos al Buddha como uno que
ha luchado durante vidas pasadas incontables con el objeto de perfeccionar
todas las virtudes sublimes que lo calificarán como idóneo para enseñar al
mundo el camino a la felicidad y paz más elevada.
La Busqueda de la Iluminación
Ahora descenderé de las alturas de la buddhología clásica al plano de la
historia humana y analizaré la vida del Buddha hasta que logra la Iluminación.
Esto me permitirá dar un corto resumen de los aspectos principales de su
enseñanza, haciendo énfasis en aquellos que son particularmente relevantes hoy
en día.
Desde el inicio debo hacer énfasis en que el Buddha no nació como el
Iluminado. No obstante que había adquirido las aptitudes para lograr la Buddheidad
en sus vidas pasadas, tuvo que pasar a través de una larga y penosa lucha para
encontrar la verdad por sí mismo. El futuro Buddha nació como Siddhartha
Gautama en la pequeña república de los Sakyas, cercana a las faldas de los
Himalayas, una región que en el presente se sitúa en el sur de Nepal. Mientras
que no sabemos a ciencia cierta las fechas exactas de su vida, muchos eruditos
creen que vivió aproximadamente entre 563 y 483 a.C.; un grupo más reducido
sitúa las fechas una centuria mas tarde. La leyenda establece que fue el hijo
de un poderoso monarca, pero el estado Sakya era en realidad una república
tribal, por lo que probablemente su padre fue el jefe del consejo de ancianos
gobernante.
En su juventud el Príncipe Siddhartha creció en el lujo. A la edad de
dieciséis años contrajo nupcias con una hermosa princesa llamada Yasodhara y
vivió contento en la capital, Kapilavastu. Sin embargo, a medida que
transcurrió el tiempo, el príncipe se tornó más y más pensativo. Lo que le
preocupaba eran las grandes cuestiones que de ordinario damos por hechas, las
preguntas concernientes a la finalidad y significado de nuestras vidas. ¿Acaso
vivimos meramente para disfrutar de placeres sensuales, el logro de riqueza y
posición social, el ejercicio del poder? ¿O acaso hay algo que va más allá de
estas cosas, algo más real y satisfactorio? A la edad de veintinueve años,
motivado por una reflexión profunda en las duras realidades de la vida, decidió
que la búsqueda de la iluminación tenía una prioridad más elevada que la
promesa del poder o el llamado a la obligación mundana. Por ende, mientras aún
se encontraba en la plenitud de la vida, se cortó la cabellera y la barba, se
vistió con la túnica azafrán, e ingresó en la vida de renuncia, la vida sin
hogar, buscando una vía de liberación con respecto al ciclo de la repetición de
nacimiento, vejez, y muerte.
El príncipe asceta inicialmente buscó a los maestros espirituales más
eminentes de su época. Aprendió sus doctrinas y sistemas de meditación, sin
embargo prontamente se dio cuenta que esas enseñanzas no eran conducentes al
objetivo que perseguía. Entonces adoptó el camino del ascetismo extremo, la
auto-mortificación, la cual siguió casi hasta la puerta de la muerte. Sólo
entonces, cuando estas perspectivas se mostraron poco prometedoras, pensó en
otro camino hacia la iluminación, uno que balanceara el cuidado apropiado del
cuerpo con la contemplación sostenida y la investigación profunda. Más tarde
habría de llamar a este camino “la vía media” ya que evita los extremos del
desenfreno sensual y la auto-mortificación.
Habiendo recuperado su fortaleza después de tomar una comida nutritiva, un
día arribó a un hermoso paraje al lado del Rió Nerañjara, cerca del pueblo de Gaya.
Se sentó cruzando las piernas debajo de un árbol (posteriormente conocido como
el Árbol Bodhi), e hizo la firme resolución de que no se levantaría hasta haber
logrado su objetivo. En el transcurso de la noche entró en etapas sucesivas de
meditación más y más profundas. Entonces, comentan las escrituras, cuando su
mente se tornó perfectamente sosegada, en la primera parte de la noche recordó
sus existencias pasadas, inclusive durante muchos eones cósmicos; en la segunda
parte de la noche, desarrolló el “ojo divino” mediante el cual pudo ver a los
seres muriendo y renaciendo de acuerdo con su karma; y en la parte final de la
noche, penetró las verdades más profundas de la existencia, las leyes
fundamentales de la realidad. Al amanecer, la figura sentada debajo del árbol
no era ya más un Bodhisattva -un buscador de la iluminación-, sino un Buddha,
un Perfectamente Iluminado, que había logrado remover los más sutiles velos de
la ignorancia y logrado lo Inmortal en esta misma vida. De acuerdo con la
tradición buddhista, este hecho ocurrió en mayo durante la luna llena de Vesak,
cuando tenía la edad de treinta y cinco años. Éste es el segundo gran momento
en la vida del Buddha que se celebra en Vesak, el logro de la Iluminación.
Durante varias semanas el recientemente iluminado Buddha permaneció en la
vecindad del Árbol Bodhi contemplando desde diferentes ángulos la verdad que
había descubierto. Entonces, mientras contemplaba el mundo, su corazón fue
afectado por una profunda compasión hacia aquellos aún estancados en la
ignorancia, y decidió ir adelante y enseñar el Dharma liberador. En los meses
subsecuentes su grupo de seguidores creció a pasos agigantados. Ascetas y
laicos al escuchar el nuevo evangelio tomaban refugio en el Iluminado. Cada
año, inclusive ya entrado en su vejez, el Buddha deambuló por las villas,
pueblos y ciudades del noreste de la India, pacientemente enseñando a todos
aquellos que prestaran oído. Estableció una orden de monjes y monjas, la
Sangha, para que continúen con su mensaje. Esta orden aún existe en nuestros
días. Junto con la orden de los Jainas es quizá la institución mundial más
antigua que jamás ha roto su continuidad. También atrajo a muchos seguidores
laicos que se dedicaron a apoyar con devoción al Bendito y la Orden.
La Enseñanza del Buddha: Su
Objetivo
Preguntarse, ¿por qué la enseñanza del Buddha se esparció tan rápidamente
entre todos los sectores de la sociedad del noreste de la India?, es formularse
una pregunta que no es meramente de interés histórico, sino de relevancia para
nosotros hoy en día, ya que vivimos en una época en la que el buddhismo está
ejerciendo un fuerte atractivo en un número creciente de gente, tanto en el
Oriente como en Occidente. Creo que el notorio éxito del buddhismo, así como su
atractivo contemporáneo, puede ser entendido principalmente en términos de dos
factores: el primero es el objetivo de la enseñanza; el segundo es su
metodología.
Por lo que respecta al objetivo, el Buddha formuló su enseñanza de forma
tal, que aborda directamente el problema crítico en el corazón de la existencia
humana -el problema del sufrimiento-, y lo hace sin apoyarse en mitos y
misterios tan típicos de las religiones. Por añadidura promete que aquellos que
siguan sus enseñanzas hasta su culminación, serán capaces de conocer, aquí y
ahora, la paz y felicidad más elevada. Todas las demás preocupaciones aparte de
esto, tales como los dogmas teológicos, las sutilezas metafísicas, los rituales
y los ritos de culto, el Buddha las hace a un lado como irrelevantes a la labor
primordial, la liberación de la mente de sus ataduras y encadenamientos.
La fuerza pragmática del Dharma se ilustra claramente en la fórmula
principal en la que el Buddha resumió su programa de liberación, es decir, las
Cuatro Verdades Nobles:
(1)
La verdad noble de que la vida significa sufrimiento.
(2)
La verdad noble de que el sufrimiento surge del deseo.
(3)
La verdad noble de que el sufrimiento cesa con la remoción del deseo.
(4)
La verdad noble de que existe una vía conducente al fin del sufrimiento.
El Buddha no solamente hace al sufrimiento y la liberación del sufrimiento
el objetivo de su enseñanza, sino que aborda el problema del sufrimiento de una
manera que revela una penetración psicológica extraordinaria. Le sigue el
rastro al sufrimiento hasta sus raíces en nuestras mentes, llegando primero a
nuestro deseo y apego, y un paso más adelante, regresando de nuevo a nuestra
ignorancia, -ese desconocimiento primordial de la verdadera naturaleza de las
cosas. Ya que el sufrimiento surge de nuestras propias mentes, la cura debe
efectuarse en el seno de las mismas mediante la remoción de las impurezas y
ofuscaciones a través de la contemplación introspectiva de la realidad. El
punto de partida de la enseñanza del Buddha es la mente carente de iluminación,
sujeta a sus aflicciones, preocupaciones y dolores. El punto final es la mente
iluminada, gozosa, radiante y libre.
Con el objeto de tender un puente sobre la brecha entre los puntos iniciales
y finales de su enseñanza, el Buddha ofrece una vía clara, precisa y
practicable compuesta de ocho factores. Ésta es desde luego el Noble Sendero
Óctuple. La vía se inicia con (1) entendimiento correcto de las verdades
básicas de la existencia y (2) intención correcta de tomar el entrenamiento. Entonces
procede a través de los tres factores éticos de (3) lenguaje correcto, (4)
acción correcta, y (5) modo de subsistencia correcto; pasando entonces a los
tres factores que conciernen a la meditación y el desarrollo mental: (6)
esfuerzo correcto, (7) atención correcta, y (8) concentración correcta. Cuando
todos los ocho factores de la vía se llevan a la madurez, el discípulo penetra
con introspección la verdadera naturaleza de la existencia y cosecha el fruto
de la vía: sabiduría perfecta e inamovible liberación de la mente.
La Metodología de la Enseñanza
Las características metodológicas de la enseñanza del Buddha se derivan
íntimamente del objetivo. Una de las características más atractivas,
relacionada cercanamente a su orientación psicológica, es su énfasis en la
independencia o confianza en uno mismo. Para el Buddha, la llave de la
liberación es la pureza mental y el entendimiento correcto, y por esto rechaza
la idea de que podemos lograr la salvación apoyándonos en alguien. El Buddha no
reclama ningún rango divino para sí mismo, tampoco profesa ser un salvador
personal. Se llama a sí mismo, más bien, un guía y maestro que indica el camino
que debe seguir el discípulo.
Ya que la sabiduría o penetración introspectiva es el instrumento principal
para la emancipación, el Buddha siempre les pidió a sus discípulos que lo
siguieran sobre la base de su propio entendimiento, no con obediencia ciega o
confianza indiscutible. Él invita a los indagadores a investigar su enseñanza,
a examinarla a la luz de su propia razón e inteligencia. El Dharma o Enseñanza
debe ser experimentada, es algo que debe ser practicado y visto, no un credo
verbal que debe ser meramente creído. Cuando uno toma la práctica de la vía, se
experimenta un sentido creciente de gozo y paz, el cual se expande y profundiza
al avanzar a lo largo de sus claramente marcadas etapas.
Lo que es más impresionante acerca de la enseñanza original es su claridad
cristalina. El Dharma es abierto y lúcido, simple y a la vez profundo. Combina
pureza ética con rigor lógico, visión elevada con fidelidad a los hechos de la
experiencia vivida. No obstante que la penetración completa de la verdad
procede en etapas, la enseñanza se inicia con principios que son inmediatamente
evidentes, tan pronto como los utilizamos como guías para la reflexión. Cada
paso, sucesivamente dominado, conduce naturalmente a los niveles más profundos
del entendimiento. Debido a que el Buddha trata con el más universal de los
problemas humanos, el problema del sufrimiento, hizo de su enseñanza un mensaje
universal, dirigido a todos los seres humanos, solamente en base a su propia
humanidad. Abrió las puertas de la liberación a gente de todas las clases
sociales en la sociedad de la India antigua, a los brahmanes, príncipes,
mercaderes y agricultores, inclusive a los humildes parias. Como parte de su
proyecto universalista, el Buddha también abrió las puertas de su enseñanza a
las mujeres. Esta dimensión universal del Dharma es la que le permitió
difundirse más allá de los límites de la India hasta hacer del Buddhismo una
religión mundial.
Algunos eruditos han representado al
Buddha como un místico desligado del mundo y totalmente indiferente a los
problemas de la vida mundana. Sin embargo, la lectura sin prejuicios del canon
buddhista original muestra que este calificativo es insostenible. El Buddha
enseñó no solamente una vía de contemplación para monjes y monjas, sino también
un código de ideales nobles con el objeto de guiar a los hombres y mujeres que
viven en el mundo. De hecho, el éxito del Buddha en la vasta escena religiosa
de la India puede ser explicado en parte mediante el modelo que otorgo a sus
discípulos laicos, el modelo del hombre o mujer del mundo que combina una vida
ocupada de familia y responsabilidades sociales con un compromiso inalienable
con los valores que son parte íntima del Dharma.
El código moral que aconsejó el Buddha para los laicos consiste en los Cinco
Preceptos, los que requieren de abstenerse de: matar, robar, conducta sexual
incorrecta, lenguaje falso y el uso de substancias intoxicantes. El lado
positivo de la ética es representado mediante las cualidades internas del
corazón que corresponden a estas reglas de control: amor y compasión hacia
todos los seres vivientes; honestidad en nuestras transacciones con otros;
fidelidad a los votos maritales; lenguaje veraz; y mente sobria. Más allá de la
ética individual, el Buddha estableció guías para padres e hijos, esposos y
esposas, patrones y trabajadores, con la intención de promover una sociedad
caracterizada por la armonía, la paz, y la buena voluntad en todos los niveles.
También explicó cuáles deben ser las obligaciones de los reyes [o gobernantes]
hacia sus súbditos [o conciudadanos.] Estos discursos muestran al Buddha como
un pensador político astuto que entendió bien el hecho de que la economía es
capaz de florecer solamente cuando aquellos en el poder prefieren el bienestar
de la gente en vez de sus propios intereses privados.
El Parinirvana y Más Adelante
El tercer gran acontecimiento en la vida del Maestro que se conmemora en
Vesak es su “parinirvana” o muerte. Después de un activo ministerio de cuarenta
y cinco años, a la edad de ochenta, el Buddha supo que su fin estaba cercano.
Acostado en su lecho de muerte, rehusó designar un sucesor personal, pero dijo
a sus monjes que después de su muerte el Dharma mismo debería ser su guía. Para
aquellos envueltos en la congoja, repitió la dura verdad de que la
impermanencia ejerce su dominio sobre todas las cosas condicionadas, incluyendo
el cuerpo físico de un Iluminado. Invitó a sus discípulos a que le preguntaran
acerca de la doctrina y la vía, y los urgió a que se esforzaran con diligencia
por lograr el objetivo. Entonces, con compostura perfecta y en forma calmada,
pasó al “elemento de Nirvana sin residuo de existencia condicionada”.
Tres meses después de la muerte del Buddha, quinientos de sus discípulos
iluminados se reunieron en concilio en Rajagaha para agrupar sus enseñanzas y
conservarlas para la posteridad. Esta compilación de textos otorgó a las
futuras generaciones una versión codificada de la doctrina a la cual se puede
acudir como guía. Durante los primeros dos siglos después del parinirvana del
Buddha, su linaje espiritual continuó creciendo lentamente, no obstante que su
influencia permaneció confinada en su mayor parte al noreste de la India. En el
siglo tercero a.C., tuvo lugar un acontecimiento que cambió la fortuna del
buddhismo, y lo puso en vía de transformarlo en una religión mundial. Después
de una sangrienta campaña militar que dejó millares de muertos, el Rey Asoka,
el tercer emperador de la dinastía Maurya, se tornó ávidamente hacia el
buddhismo con el objeto de apaciguar su arrepentida conciencia. Vio en el
Dharma la inspiración para una política social basada en la justicia, en lugar
de la fuerza y la opresión, y proclamó su nueva política en edictos inscritos
en rocas y pilares en todo su imperio. No obstante que siguió el buddhismo en
su vida privada, Asoka no trató de imponer su fe personal en otros, sino que
promovió la concepción compartida en la India de que el Dharma es la ley de la
rectitud que trae felicidad y armonía en la vida diaria y un buen renacimiento
después de la muerte.
Bajo el patronato de Asoka, los monjes se reunieron en un concilio en la
capital real en el que decidieron despachar una serie de misiones buddhistas a
todo el subcontinente de la India y más allá de las regiones limítrofes. La más
fructífera de estas misiones, en términos de la historia buddhista, fue la
misión a Sri Lanka, conducida por el propio hijo de Asoka, el monje Mahinda, el
cual fue seguido más tarde por la hija de Asoka, la monja Sanghamitta. Este par
real trajo a Sri Lanka la forma Theravada del buddhismo, la cual permanece
hasta nuestros días.
En la propia India el buddhismo se desarrolló a través de tres etapas
principales, las cuales se han tornado en sus tres formas históricas
principales. En la primera etapa se dio la difusión de la enseñanza original y
la división de la orden monástica en unas dieciocho escuelas, divididas sobre la
base de puntos doctrinales menores. De estas, la única escuela sobreviviente es
la Theravada, la cual estableció raíces tempranas en Sri Lanka y tal vez en
otras regiones del sureste asiático. Allí fue capaz de progresar en relativo
aislamiento respecto a los cambios que afectaron al buddhismo en el
subcontinente.
Hoy en día la escuela Theravada, la descendiente del buddhismo temprano,
prevalece en Sri Lanka, Myanmar, Tailandia, Camboya y Laos.
Aproximadamente durante el primer siglo a.C. emergió gradualmente una nueva
forma del buddhismo, a la cual sus partidarios llamaron Mahayana, el Gran
Vehículo, en contraste con las escuelas más tempranas, a las cuales llamaron
Hinayana o Vehículo Menor. Los Mahayanistas elaboraron su doctrina basada en la
carrera del Bodhisattva, ahora considerado como el ideal buddhista universal, y
propusieron una interpretación radical de la sabiduría como la introspección en
el vacio o “shunyata”, la realidad última de todos los fenómenos. Las
escrituras Mahayana inspiraron grandes sistemas de filosofía, formulados por
pensadores tan brillantes como Nagarjuna, Asanga, Vasubandhu y Dharmakirti.
Para los seguidores comunes los textos Mahayana mencionan Buddhas celestiales y
Bodhisattvas capaces de acudir en ayuda del devoto. En su fase temprana,
durante los primeros seis siglos de la Era Común, la escuela Mahayana se
expandió a China, y de allí a Vietnam, Corea y Japón. En estas tierras el
buddhismo dio a luz a nuevas escuelas más afines con la mente del lejano
Oriente que con la mente original de la India. La más conocida de éstas es el
Buddhismo Zen, en la actualidad ampliamente representado en Occidente.
En la India, quizá durante el siglo octavo, el buddhismo evolucionó para dar
lugar a su tercera forma histórica, llamada Vajrayana, el Vehículo Diamantino,
basado en textos esotéricos llamados Tantras. El Buddhismo Vajrayana aceptó las
perspectivas doctrinales de la escuela Mahayana, pero les agregó rituales
mágicos, simbolismo místico, e intrincadas prácticas yóguicas con el propósito
de acelerar la vía a la iluminación. La escuela Vajrayana se expandió desde el
norte de la India hacia Nepal, Tíbet y otras tierras en los Himalayas, hoy en
día predomina en el Buddhismo Tibetano.
Lo que es sobresaliente acerca de la diseminación del buddhismo a través de
su larga historia es su habilidad de ganar adeptos en poblaciones enteras
exclusivamente por medios pacíficos. El buddhismo siempre se ha expandido
mediante precepto y ejemplo, nunca a través de la fuerza. El objetivo de
propagar el Dharma no ha sido el de ganar conversos, sino el de enseñar a otros
la vía hacia la paz y la felicidad. Siempre que las gentes de cualquier nación
o región adoptaron el buddhismo, se tornó para ellos, más que una simple
religión, la fuente generadora de un modo de vida completo. Ha inspirado
grandes obras de filosofía, literatura, pintura y escultura comparables a las
de cualquier otra cultura. Ha moldeado las instituciones sociales, políticas y
educacionales; ha proveído una guía para gobernantes y ciudadanos; ha moldeado
la moral, tradiciones y reglas de etiqueta, ordenando así las vidas de sus
seguidores. Mientras que las modalidades particulares de la civilización
buddhista difieren ampliamente, desde Sri Lanka hasta Mongolia y el Japón,
siempre se encuentran impregnadas de un sutil pero inconfundible sabor que las
hace distintivamente buddhistas.
A través de los siglos, después de la desaparición del buddhismo en la
India, los seguidores de las diferentes escuelas del buddhismo vivieron en casi
total aislamiento entre ellos mismos, difícilmente conscientes de su existencia
mutua. Desde mediados del siglo veinte, sin embargo, los buddhistas de las
diversas tradiciones han empezado a interaccionar y han aprendido a reconocer
su identidad buddhista común. Hoy día en Occidente, por primera vez desde la
declinación del buddhismo en la India, los seguidores de los tres “vehículos”
buddhistas principales coexisten en la misma área geográfica. Esta cercanía
está destinada a producir híbridos y tal vez nuevos estilos de buddhismo
distintos de las formas tradicionales. El buddhismo en Occidente es aún
demasiado joven para permitir hacer predicciones a largo plazo, pero podemos
estar seguros de que el Dharma está aquí para quedarse e interaccionará con la
cultura Occidental, ojalá para su enriquecimiento mutuo.
El Mensaje del Buddha para
Nuestro Tiempo
En la parte final de mi conferencia deseo exponer, en forma breve, la
relevancia de la enseñanza del Buddha en el umbral de un nuevo siglo y milenio de
nuestra era. Lo que encuentro particularmente interesante y notorio, es que el
buddhismo es capaz de proveer ideas y prácticas que abarcan un amplio espectro
de disciplinas -desde filosofía y psicología hasta la asistencia médica y la
ecología- sin requerir que aquellos que utilicen sus recursos adopten el
buddhismo como una religión en su totalidad. Aquí solamente quisiera resaltar
las implicaciones de los principios buddhistas para la formación de programas
públicos.
No obstante los enormes avances que la humanidad ha efectuado en la ciencia
y la tecnología, avances que han mejorado dramáticamente las condiciones de
vida en muchas formas, aún nos encontramos confrontando problemas globales que
rebasan nuestros más dedicados intentos de resolverlos en el marco de los
esquemas establecidos.
Estos problemas incluyen: tensiones regionales explosivas de carácter étnico
o religioso, la continua expansión de las armas nucleares; carencia de
consideración a los derechos humanos; la brecha cada vez más profunda entre
ricos y pobres; tráfico internacional de drogas, mujeres y niños; el
agotamiento de los recursos naturales; y el abuso del medio ambiente. Desde la
perspectiva buddhista, lo que más resalta cuando reflexionamos en estos
problemas como un todo es su carácter esencialmente sintomático. Debajo de su
diversidad externa, éstos parecen ser muchas manifestaciones de una raíz común,
de un mal espiritual profundo y oculto que infecta a nuestro organismo social.
Esta raíz común se puede caracterizar brevemente como la insistencia obstinada
en poner los intereses propios a corto plazo (esto incluye los intereses de los
grupos sociales o étnicos a los que pertenecemos) por encima del bien común a
largo plazo, para la más amplia comunidad humana. La multitud de enfermedades
sociales que nos afligen, no pueden ser correctamente abordadas sin tomar en
cuenta las poderosas motivaciones humanas que se encuentran detrás de ellas. A
menudo estas motivaciones nos impulsan a perseguir fines limitados y causantes
de división, incluso cuando tal persecución es finalmente destructiva.
La enseñanza del Buddha nos ofrece dos herramientas valiosas para
desenredarnos de esta maraña. Una es el análisis sobrio del origen psicológico
del sufrimiento humano. La otra es precisamente el camino articulado de
entrenamiento moral y mental que se ofrece como solución. El Buddha explica que
los orígenes ocultos del sufrimiento humano, tanto en el área personal como
social de nuestras vidas, son los tres factores mentales llamados las raíces de
lo insano, propiamente: deseo, odio y ofuscación. La enseñanza tradicional
buddhista muestra estas tres raíces de lo insano como las causas del
sufrimiento personal, pero desde una visión más amplia también podemos verlas
como la fuente del sufrimiento social, económico y político. Debido a la
prevalencia del deseo, el mundo está siendo transformado en un mercado global
en el que la gente es reducida al nivel de consumidor, inclusive al de una
mercancía, y nuestros recursos planetarios están siendo explotados sin
consideración hacia las generaciones futuras. Debido a la prevalencia del odio,
las diferencias nacionales y étnicas se tornan tierra fértil para la sospecha y
la enemistad, explotando en violencia y ciclos interminables de venganza. La
ofuscación promueve las otras dos raíces de lo insano con creencias falsas e
ideologías políticas expuestas para justificar programas motivados por el deseo
y el odio.
Mientras que los cambios en los programas y estructuras sociales son de
seguro necesarios para contrarrestar las muchas formas de violencia e
injusticia tan extendidas en el mundo de hoy, tales cambios por sí mismos no
son suficientes para dar lugar a una era de verdadera paz y estabilidad social.
Hablando desde una perspectiva buddhista, diría que lo que se requiere por
encima de todo es un nuevo modo de percepción, una conciencia universal que nos
permita ver a los demás como no diferentes de nosotros mismos. Por difícil que
esto pudiera parecer, deberíamos aprender a desligarnos de la insistente voz
del propio interés y elevarnos a una perspectiva universal a partir de la cual
el bien de todos tuviera la misma importancia que el bien propio. Es decir,
deberíamos curarnos de las actitudes egocéntricas y etnocéntricas en las que
estamos comprometidos en el presente, y en su lugar deberíamos incorporar una
“ética centro-mundialista” que diera prioridad al bienestar de todos.
Tal ética centro-mundialista debería estar conformada de acuerdo a las
siguientes tres normas, los antídotos a las tres raíces de lo insano:
(1)
Debemos superar el egoísmo
explotador con generosidad global, ayuda y cooperación.
(2)
Debemos reemplazar el odio y la
venganza con programas de buena voluntad, tolerancia y perdón.
(3)
Debemos reconocer nuestro mundo
como un todo interdependiente y entrelazado, de tal manera que el
comportamiento irresponsable en cualquier lugar tiene repercusiones
potencialmente dañinas en todo lugar.
Estas guías, tomadas de las enseñanzas del Buddha, pueden constituir el
núcleo de la ética global a la que todas las grandes tradiciones espirituales
del mundo se pueden suscribir fácilmente.
Por debajo del contenido específico de una ética global, hay ciertas
actitudes que debemos tratar de emular tanto en nuestra vida personal como en
política social. Las principales son amor-bondad y compasión (maitri y karuna).
Mediante el amor-bondad reconocemos que, así como cada uno de nosotros desea
vivir feliz y en paz, de la misma forma todos los seres desean vivir felices y
en paz. Por medio de la compasión nos damos cuenta de que, así como cada uno de
nosotros tiene aversión al dolor y el sufrimiento, de la misma forma todos los
demás tienen aversión al dolor y el sufrimiento. Cuando hayamos entendido la
importancia de este sentimiento común que compartimos con los demás, entonces
trataremos a otros con el mismo cuidado y amabilidad con el que desearíamos que
nos trataran. Esto se debe aplicar tanto en el nivel comunitario como en
nuestras relaciones personales. Debemos aprender a ver otras comunidades como
esencialmente similares a la nuestra, con derecho a los mismos beneficios que
deseamos para el grupo al que pertenecemos.
Este llamado a una ética centro-mundialista no surge de un idealismo ético o
un mero deseo fantasioso, sino que descansa en un cimiento pragmático sólido. A
la larga, perseguir cada vez más nuestro estrecho interés personal en círculos
cada vez más amplios es menoscabar nuestro verdadero interés a largo plazo; ya
que al adoptar tal enfoque contribuimos a la desintegración social y a la
devastación ecológica, cortando de esta forma la rama en la que nos encontramos
sentados. El subordinar el estrecho interés egoísta al bien común es, a final
de cuentas, expander nuestro propio y real beneficio, el cual depende en gran
medida de la armonía social, la justicia económica y de un medio ambiente
sostenible.
El Buddha declara que de todas las cosas en el mundo, aquella con el mayor
poder de influenciar las cosas para bien o para mal es la mente. La paz genuina
entre las personas y naciones surge de la paz y buena voluntad en los corazones
de los seres humanos. Tal paz no se puede lograr meramente con progreso
material, o mediante desarrollo económico e innovación tecnológica, sino que
requiere de desarrollo moral y mental. Solamente al transformarnos a nosotros
mismos podremos transformar a nuestro mundo en la dirección de la paz y la
amistad. Esto quiere decir que, para que la raza humana viva unida en paz en
este planeta que se encoge, el reto ineludible al que tenemos que enfrentarnos
es el comprendernos y dominarnos a nosotros mismos.
Es aquí donde la enseñanza del Buddha se torna especialmente oportuna,
inclusive para aquellos que no están inclinados a aceptar la doctrina y la fe
buddhista en su totalidad. En su diagnóstico de las impurezas mentales como las
causas que yacen por debajo del sufrimiento humano, la enseñanza muestra las
raíces ocultas de nuestros problemas personales y colectivos. Mediante la
proposición de un camino práctico de entrenamiento moral y mental, la enseñanza
nos ofrece un remedio efectivo para abordar los problemas del mundo en el mismo
lugar en el que son accesibles a nosotros mismos: nuestras propias mentes. Al
entrar en el nuevo milenio, la enseñanza del Buddha provee para todos nosotros,
independientemente de nuestras convicciones religiosas, la guía que necesitamos
para hacer de nuestro mundo un lugar más pacífico y agradable en el cual
podamos vivir.
* * *
Acerca del
Conferencista
El Venerable Bhikkhu Bodhi nació
en la Ciudad de Nueva York en 1944. Recibió su licenciatura en Filosofía en el
Brooklyn College (1966) y un doctorado en Filosofía en la escuela de graduados
de Claremont (1972). A finales de 1972 viajó a Sri Lanka, en donde fue ordenado
como monje buddhista bajo la tutela del Venerable Balangoda Ananda Maitreya
Mahanayaka Thera. Desde 1984 ha sido editor de la Buddhist Publication Society
en Kandy, y desde 1988 su presidente. Es autor, traductor y editor de muchos
libros sobre Buddhismo Theravada. Los más importantes de estos son The
Discourse on the All-Embracing Net of Views (1978), A Comprehensive
Manual of Abhidhamma (1993), The Middle Length Discourses of the Buddha (1995),
y The Connected Discourses of the Buddha (2000). Es también miembro de la World Academy of Art
and Science.
* * *
*
Conferencia impartida por el Venerable Bhikkhu Bodhi ante la Organización delas
Naciones Unidas (ONU) el 15 de mayo 2000 con motivo de la primera celebración
oficial del Día de Buddha. Traducción Bhikkhu Thitapuñño. Este material puede
ser reproducido para uso personal, puede ser distribuido sólo en forma
gratuita. Traducción española ©CMBT 2000. Última revisión martes, 22 de agosto de 2000. Fondo Dhamma Dana.