“Ni el
mismo, ni tampoco otro.” Visuddhimagga
Aparte de mente y materia, los constituyentes de esto
que se llama ser, el buddhismo no considera que exista “un alma inmortal”, un
ego eterno que el hombre haya adquirido en una forma misteriosa y que provenga
de una fuente misteriosa. Un alma que fuera eterna, permanecería siempre la
misma sin sufrir nunca un cambio. Si el alma, que se supone es la esencia del
hombre, fuese eterna, no debería sufrir
ni una elevación, ni una caída. Tampoco se podría explicar porqué “diferentes
almas presentan tan variada constitución desde el principio”.
Para justificar la existencia de una felicidad sin fin en un cielo
eterno, así como un interminable tormento en un infierno eterno, es
absolutamente necesario postular un alma inmortal.
Como escribe Bertrand Russell en Religion
and Science (1960, págs. 132-133): “La antigua distinción entre alma y
cuerpo se ha evaporado tanto porque la ‘materia’ ha perdido su solidez y la
mente su espiritualidad”. Y también (pág.143): “La psicología... ha comenzado a
ser científica... En el estado de desarrollo actual de la psicología y la
fisiología, la creencia en la inmortalidad difícilmente puede ser apoyada por
el conocimiento científico”.
De acuerdo con el autor[1]
de Riddle of the Universe (pág. 166):
“La prueba teológica de que un creador personal ha insuflado un alma inmortal
(generalmente considerada como una partícula o porción del Alma Divina) dentro
del hombre, es un puro mito. La prueba cosmológica de que el ‘orden moral del
mundo’ demanda la duración eterna de un alma es un dogma sin bases reales. La
prueba teleológica de que el ‘mas alto destino del hombre’ incluye el
perfeccionamiento de su defectuosa alma terrestre que sigue su evolución mas
allá de la tumba, descansa sobre un falso antropocentrismo. La prueba moral de
que los defectos y los deseos insatisfechos de una existencia en la tierra
deberán ser satisfechos por una ‘justicia compensatoria’ en el otro lado de la
eternidad, no es mas que un deseo pío. La prueba etnológica de que la creencia
en la inmortalidad, como la creencia en Dios, es una verdad innata, común a
toda la humanidad, es de hecho un error. La prueba ontológica de que el alma,
siendo una entidad simple, inmaterial e indivisible, no puede ser incluida en
el proceso de corrupción de la muerte, se basa en un punto de vista
completamente erróneo de los fenómenos psíquicos, es una falacia
espiritualista. Todas estas pruebas y otras similares han sido anuladas por la
crítica científica de las últimas décadas”.
Si nada en la forma de un espíritu o alma pasa de esta vida a la otra,
entonces: ¿Qué es lo que renace?
En esta pregunta se toma por un hecho de que debe haber algo que
renace. Hace algunos cuantos siglos se consideró “cogito, ergo sum”
(pienso, luego soy). Es cierto, pero primero tiene que probarse que existe un
“yo” que piensa.
Es común decir que el sol surge en el este y se hunde
en el oeste, aunque se sabe que en realidad esto no sucede así. Tenemos que admitir
que uno no puede ocupar dos veces el mismo lugar aunque aparentemente uno lo
hace.
Todo cambia tan rápido que dos momentos no son idénticos. Los
buddhistas están de acuerdo con Bertrand Russell cuando en Religion and Science
(1960 págs. 118-119) escribe lo siguiente: “Hay un sentimiento obvio de que yo
soy la misma persona que era ayer; un ejemplo aún mas obvio es el de que si veo
a un hombre y simultáneamente lo escucho hablar, hay un sentimiento o sensación
de que el ‘yo’ que ve es el mismo ‘yo’ que escucha”.
Hasta recientemente los científicos creían en un átomo indivisible e
indestructible. “Por razones suficientes los físicos han reducido el átomo a
una serie de eventos; por razones igualmente buenas, los psicólogos han encontrado
que la mente no se puede identificar con una cosa o fenómeno continuo, sino con
una serie de ocurrencias ligadas por ciertas relaciones íntimas. Por lo tanto,
la pregunta sobre la inmortalidad es si estas relaciones íntimas existen en
fenómenos relacionados con el cuerpo vivo y otro tipo de fenómenos ocurrirán
después de que el cuerpo está muerto”. (Religion
and Science, 1960, pags. 138-139).
“La materia ha sido desintegrada ante nuestros ojos, ya no la
consideramos sólida, ya no es permanente, no está determinada por leyes
obligatorias, y más importante que todo es que no sabemos que es”. (C. E. M. Joad, The Meaning of Life).
Los llamados átomos parece que son tanto “divisibles como destructibles”.
Los electrones que constituyen el átomo “pueden juntarse y aniquilarse uno a
otro, su persistencia es mas bien una onda y no una cosa u objeto que carece de
límites fijos y que carece de forma y posición”.
El obispo Berkeley, quien mostró que el así llamado átomo era una
ficción metafísica, sostuvo que allí existía una substancia metafísica llamada
alma.
David Hume en su “búsqueda de un alma” declara (Treatise of Human Nature,
Bk. I, Pt. IV, sect. VI): “Hay algunos filósofos que creen que somos en todo momento
íntimamente conscientes de lo que llamamos nuestro ‘yo’ (self); que sentimos su
existencia y su continuidad en ella; poseen la certeza, mas allá de toda
evidencia de demostración, tanto de su perfecta identidad como de su simplicidad...
Por mi parte, cuando yo penetro mas íntimamente en lo que llamo ‘mí mismo’
siempre tropiezo o me encuentro en algún tipo particular de percepción, de
calor, de frío, de luz o sombra, de amor u odio, de dolor o placer; nunca puedo
captar ese ‘mí mismo’ sin una percepción y nunca puedo observar ninguna otra
cosa o fenómeno que no sea percepción”.
Henri Berson dice: “Toda conciencia es existencia de tiempo; y un
estado consciente no es un estado que permanezca sin cambio. Es un cambio
incesante y que cuando el cambio cesa, ella cesa. En sí misma no es otra cosa
que cambio”.
John B. Watson, un psicólogo distinguido, (Behaviourism, 1970 pág. 3): “Nadie nunca ha tocado un alma o ha
visto una en un tubo de ensayo, o ha entrado en relaciones con ella tal y como
sucede con otros objetos de la experiencia cotidiana. Sin embargo, dudar de su
existencia significa ser un hereje y posiblemente uno en el pasado se hubiera
arriesgado a perder la cabeza. Aún hoy un hombre con una posición pública no se
atrevería a desafiar este asunto”.
En relación con el tema del alma, el profesor Williams James escribe
en Principles of Psychology (pág.
248): “Esta teoría del alma es totalmente superficial de acuerdo a los hechos
de la experiencia consciente que en la actualidad se han verificado. Por lo
tanto, nadie está obligado por razones científicas definitivas a suscribir esta
teoría”. Y más adelante él resume lo siguiente (págs. 400-401): “Este ‘yo’ es
un agregado empírico de fenómenos objetivamente conocidos. El ‘yo’ que los conoce
no puede en sí mismo ser un agregado, ni por propósitos psicológicos necesita
considerarse una entidad metafísica permanente como el alma, o un director como
el ego puro visto como fuera del tiempo. Es un pensamiento, diferente en cada
momento de anterior, pero que se apropia del anterior junto con todo aquello
que este anterior ha llamado suyo. Todos los hechos experimentales encuentran
su lugar en esta descripción sin necesidad de recurrir a ninguna otra hipótesis
que no sea la de la existencia de pensamientos o estados mentales que pasan”.
La conclusión de este interesante capítulo sobre el “yo” incluye las
siguientes palabras: “... entonces ese pensamiento en sí mismo es el
pensador...”
Lo anterior es un eco de las palabras que el Buddha pronunció hace
2500 años en el Valle de Ganges. El Buddhismo enseña una psicología sin psique
en la que el ser viviente es mente y materia (nama-rupa) las cuales están en un
estado de constante fluir.
En la antigua India los sabios también creían en un átomo indivisible
al cual llamaban ‘paramanu’ y declararon que éste consistía en fuerzas
interrelacionadas conocidas como ‘paramatthas’ o esenciales de la materia. De
acuerdo con la antigua creencia 36 ‘paramanus’ constituyen un ‘anu’; 36 ‘anus’,
un ‘tajjari’; 36 ‘tajjaris’, un ‘ratharenu’. Las diminutas partículas de polvo
que se ven moverse en los rayos solares se llaman ‘ratharenu’. Con su visión
supernormal el Buddha analizó el ‘paramanu’ y declaró que éste consiste en
fuerzas interrelacionadas conocidas como esenciales de la materia (paramattha).
Estos ‘paramatthas’ son llamados ‘pathavi’, ‘apo’, ‘tejo’ y ‘vayo’.
‘Pathavi’ significa el elemento de extensión, el sustrato de la
materia. Sin él, los objetos no pueden ocupar espacio. Las cualidades de la
dureza y la suavidad que son relativas, son dos condiciones de este mismo
elemento.
‘Apo’ es el elemento de cohesión. A diferencia de ‘pathavi’ es
intangible. Es este elemento el que hace que los átomos dispersos de la materia
se cohesionen y nos den la apariencia de cuerpo. Cuando los cuerpos sólidos se
derriten, este elemento se hace más prominente en el fluido resultante. Este
elemento se encuentra aun en partículas minúsculas cuando los cuerpos sólidos
se reducen a polvo. Los elementos de extensión y cohesión están tan íntimamente
relacionados que cuando la cohesión cesa, la extensión desaparece.
‘Tejo’ es el elemento de la temperatura. El frío es también una forma
de ‘tejo’. Ambos, el calor y el frío, están incluidos en ‘tejo’ porque ellos
poseen el poder de madurar los cuerpos, o en otras palabras, éste es la energía
vital. La preservación y el decaimiento se deben a este elemento. Se diferencia
de los otros tres esenciales de la materia en que tiene el poder de regenerarse
a sí mismo. También se denomina ‘utu’.
‘Vayo’ es el elemento de la mobilidad. Los movimientos son causados
por este elemento. El movimiento es considerado como la fuerza o el generador
de calor. El movimiento y el calor en la esfera de la materia corresponden
respectivamente a la conciencia y al kamma en la esfera de la mente.
Estos cuatro elementos son las unidades fundamentales de la materia y
se encuentran invariablemente combinadas con los cuatro derivados, es decir,
calor (vanna), olor (gandha), gusto (rasa) y esencia nutritiva (oja).
Los cuatro elementos y los derivados son inseparables e
interrelacionados, pero un elemento puede predominar sobre otro; por ejemplo,
el elemento de extensión predomina en la tierra, el de cohesión en el agua, el
de calor en el fuego y el de mobilidad en el aire. Así, la materia consiste en
fuerzas y cualidades que están en constante flujo. De acuerdo con el buddhismo
un momento de la materia dura 17 momentos mentales.
A los comentaristas les gusta decir que la duración de un momento
mental es menor que una millonésima parte del tiempo que dura un destello de
luz. La mente, la parte más importante de la compleja maquinaria del hombre,
consiste de cincuenta y dos estados mentales. La sensación (vedana) es una; la
percepción (sañña) es la otra. Los otros cincuenta restantes se denominan
colectivamente actividades volicionales o volitivas (sankhara), una traducción
que no cabe exactamente en el significado del término pali. De ellas la
volición o ‘cetana’ es el factor más importante. Todos estos estados psíquicos
surgen con una conciencia (viññana). De acuerdo con la filosofía buddhista no
existe un momento en el cual no se experimente una forma particular de
conciencia aferrada a un objeto, ya sea físico o mental. El tiempo de duración
de tal conciencia es denominado momento mental. Todo momento mental es seguido
de otro. De esta manera, la sucesión de estados mentales contiene un elemento
de tiempo. La rapidez en la sucesión de tales momentos mentales es difícil de
concebir.
Cada unidad de conciencia consiste de tres instantes (khana). Ellos
son surgimiento o génesis (uppada), estático o de desarrollo (thiti) y cesación
o disolución (bhanga). Inmediatamente después de la cesación de un momento
mental ocurre la etapa de génesis del subsiguiente momento mental. Cada
conciencia momentánea de este siempre cambiante proceso de vida, al
extinguirse, transmite su energía total y todas las impresiones imborrables
almacenadas a su sucesor. Cada nueva conciencia consiste de las potencialidades
de sus predecesores junto con algo más. Por lo tanto, hay un flujo continuo de
conciencia como un torrente sin interrupción. El subsecuente momento mental no
es ni absolutamente el mismo como su predecesor, ya que su composición no es
idéntica, ni completamente diferente. Es el mismo torrente de vida. No hay un
ser idéntico, pero hay una identidad en proceso.
No se debe entender que la conciencia son pedazos o fragmentos
reunidos como los vagones de un tren o de una cadena. Por el contrario, “ella
fluye como un río recibiendo de los torrentes tributarios formados por los
sentidos, constante aumento de su flujo y siempre dispensando al mundo que lo
rodea los pensamientos que ha juntado a propósito”.[2]
Su fuente es el nacimiento y la muerte su desembocadura.
Aquí ocurre una yuxtaposición de fugaces estados de conciencia, pero
no una superposición de tales estados como algunos parecen creer. Ningún estado
una vez que se ha ido regresa, ninguna identidad con el que se fue antes. Estos
estados cambian constantemente sin permanecer ellos mismos por dos momentos
consecutivos. La persona mundana, inmersa en la red de ilusiones, confunde esta
aparente continuidad con algo eterno y llega al grado de introducir un alma
permanente (la supuesta hacedora y observadora de toda acción) en esta siempre cambiante
conciencia.
Los cuatro tipos de fenómenos psíquicos combinados con los fenómenos
físicos forman los cinco agregados (pañcakkhanda), el complejo compuesto
denominado ser vivo. Una individualidad es la combinación de estos cinco
agregados.
Nosotros vemos el mar como una enorme extensión de agua, pero esta
consiste de innumerables gotas. Un número infinito de partículas de arena
constituyen lo que llamamos playa, pero su apariencia es la de una enorme
sabana. Grandes olas se forman y se estrellan contra la playa, pero
estrictamente hablando, ninguna simple ola viene del profundo y azul mar para
perder su identidad sobre la playa. En el cine nosotros vemos una escena en
movimiento. Para representar ese movimiento en la pantalla deben aparecer una
serie de cuadros momentáneos.
Uno no puede decir que el perfume de una flor depende del pistilo o
del color, pues el perfume está en la flor. En la misma forma, una
individualidad es la combinación de los cinco agregados.
El proceso total de estos fenómenos psico-físicos que emergen y se
extinguen constantemente, es a veces denominado en términos convencionales por
el Buddha como ‘yo’ o ‘atta’; pero lo que es así denominado no es una
identidad, sino un proceso.
El buddhismo no rechaza totalmente la existencia de una personalidad
en sentido empírico. Rechaza un ser que permanece idéntico durante el proceso o
una entidad permanente, pero no rechaza una continuidad en proceso. El término
filosófico buddhista para designar a un individuo es ‘santati, esto es, un flujo
o continuidad. Este flujo o continuidad sin interrupción de los fenómenos
psico-físicos, condicionados por el kamma, que no tienen un origen perceptible
en el pasado sin comienzo ni tampoco un final de su continuación en el futuro,
excepto por medio del Noble Óctuple Sendero, es el sustituto buddhista de un
ego permanente o alma eterna de otros sistemas religiosos.
¿Cómo es posible que exista renacimiento si no existe un alma que
renazca? De acuerdo con el buddhismo nacimiento significa el surgimiento de los
‘khandas’, o grupo de agregados. Así como el surgimiento de un estado físico
está condicionado por un estado precedente como su causa, de la misma manera la
aparición de estos fenómenos psico-físicos están condicionados por causas
anteriores a su surgimiento. El presente proceso de existir es el resultado del
deseo de existencia en el nacimiento anterior y el deseo instintivo presente
condiciona la vida en el futuro renacimiento.
Así como es posible un proceso en un espacio de vida sin una entidad permanente
que pase de un momento mental a otro, de la misma manera una serie de procesos
de vida son posibles sin que algo transmigre de una existencia a la otra.
La doctrina buddhista del renacimiento debe diferenciarse de la teoría de la reencarnación, la cual implica
la trasmigración de un alma y su invariable renacimiento material. En el
Milindapañha y el Visuddhimagga, el venerable Nagasena y Buddhaghosa han
empleado varios símiles para ilustrar la verdad de que nada transmigra de una
vida a otra. La analogía de la flama es muy ilustrativa. La vida se compara con
una flama, el renacimiento es la transmigración de esta flama de un grupo a
otro. La flama de la vida es continua aunque aparentemente existe una
interrupción al morir.
Preguntas del Rey Milinda:
-
“Venerable Nagasena,
¿Acontece renacimiento sin nada que transmigre?
-
Sí, oh Rey, el renacimiento
tiene lugar sin que nada transmigre.
-
Deme una ilustración,
Venerable señor.
-
Suponga, oh Rey, que un
hombre fuera a encender una vela con otra vela, ¿Aseguraría usted que la flama
ha pasado de una vela a la otra?
-
En verdad, no, Venerable
Señor.
-
De la misma forma, oh Rey,
ocurre el renacimiento, sin nada que se transmita.
-
Deme otra ilustración.
-
¿Recuerda, oh Rey, haber
aprendido cuando era niño un poema o verso de su maestro de poesía?
-
Sí, Venerable Señor.
-
Aseguraría o juraría, oh
Rey, que el verso ha pasado de su maestro a usted?
-
En verdad, no, Venerable
Señor.
-
De la misma manera, oh Rey,
ocurre el renacimiento, sin que nada se transmita”.
De nuevo el Rey Milinda pregunta:
-
“Venerable Nagasena, ¿Qué
es lo que renace en la siguiente existencia?
-
Oh Rey, es mente y cuerpo
lo que renace en la siguiente existencia.
-
¿Es la misma mente y el
mismo cuerpo el que nace en la siguiente existencia?
-
Oh Rey, no es este mismo
cuerpo y mente el que renace en la siguiente existencia, pero con este cuerpo y
esta mente, oh Rey, uno actúa y éste acto puede ser bueno o malo. Debido a este
acto otra mente y otro cuerpo renace en la siguiente existencia.
-
Venerable señor, si esta
mente y cuerpo no es el mismo que nace en la siguiente existencia, ¿uno está
libre de sus actos malos?
-
Si uno no fuera a nacer en
otra existencia, uno se liberaría de sus actos malos, pero, oh Rey, en tanto
uno nace en la existencia siguiente, uno no se libera de sus actos malos.
-
Deme una ilustración.
-
Oh Rey, es como si un
hombre fuera a tomar un mango perteneciente a otro hombre y el propietario del
mango lo atrapara y lo llevara ante el rey y dijera: ‘Este hombre ha robado mis
mangos’. Y si el otro respondiera: ‘Señor, yo no robé sus mangos, pues el mango
que este hombre plantó es diferente de los mangos que yo tomé. Por lo tanto, yo
no merezco ser castigado’. ¿Juraría, oh Rey, que el hombre merecería ser
castigado?
-
Seguramente, Venerable
Señor, él es merecedor de castigo.
-
¿Por qué razón?
-
Porque a pesar de lo que él
pueda decir, él merecería el castigo por la razón de que los últimos mangos son
derivados del primer mango.
-
Exactamente de la misma
manera, oh Rey, con esta mente y este cuerpo uno realiza un acto –éste puede
ser bueno o malo– y debido a este hecho otra mente y otro cuerpo nace en la
existencia siguiente. Por lo tanto, uno no está libre de sus malos actos”.[3]
El Venerable Buddhaghosa elucida este intrincado punto por medio de la
analogía del eco, la vela, las impresiones de un sello y las reflexiones en un
espejo. Un escritor moderno ilustra este proceso a través de la analogía de una
serie de bolas de billar en íntimo contacto. “Si una bola de billar choca con
una bola en reposo, la primera se detiene al chocar y la segunda, antes en
reposo, se moverá... la primera bola no rebasa a la segunda sino que queda
detrás inmóvil; ella muere, pero es innegable el movimiento de esta bola, su
ímpetu, su kamma, y ningún nuevo movimiento es creado, el cual renace en la
segunda bola”.[4]
De la misma manera, para usar términos convencionales, el cuerpo muere
y su fuerza kámmica renace en otro sin que nada transmigre de esta vida a la
otra. El último momento mental perece condicionando otro momento mental en la
vida subsiguiente. El nuevo ser ni es absolutamente el mismo –ya que él ha
cambiado– ni es totalmente diferente. Pero es el mismo torrente de energía
kámmica. Hay solamente la continuidad de un flujo de vida particular, sólo eso
y nada más.
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Capítulo 29 (What is Reborn? (No-Soul)) del libro The Buddha and His
Teachings por Narada Mahathera. Traducción española por Alejandro Córdova.
Traducción española con permiso de la Buddhist Publication Society. Este
material puede ser reproducido para uso personal, puede ser distribuido sólo en
forma gratuita. Traducción española ©CMBT 2000. Última revisión sábado 2 de septiembre de 2000. Fondo Dhamma Dana.
[1] Ernst Haeckel (1834-1919). Libro publicado por primera vez en 1899.
[2] Veáse Aung, Shwe Zan y Rhys Davids, C.A.F.Compendium
of Philosophy-Introduction, pág. 12. Londres PTS, 1910, 1979.
[3] Veáse Warren, Buddhism in Translations,
págs. 234-235.
[4] Dr. Ananda Coomarasvami, Buddha and the
Gospel of Buddhism, pág. 106.