por Bhikkhu Bodhi
Una máxima antigua encontrada en el Dhammapada resume la práctica de la enseñanza de Buddha en tres principios simples del entrenamiento: abstenerse de todo mal, cultivar el bien y purificar la mente. Estos tres principios forman una sucesión de pasos graduados, progresando desde el exterior y lo preparatorio a lo interior y esencial. Cada paso lleva naturalmente al que sigue y la culminación de los tres en la purificación de la mente hace evidente que el corazón de la práctica buddhista debe ser encontrado aquí.
La purificación de la mente, como
se entiende en la enseñanza del Buddha, es el esfuerzo sostenido por limpiar la
mente de impurezas, es decir de aquellas oscuras y malsanas fuerzas mentales
que corren bajo la superficie de la corriente de la conciencia, viciando
nuestros pensamientos, valores, actitudes y acciones. Entre las principales de
estas impurezas están las tres que el Buddha denominó “raíces de mal"
–deseo, odio e ignorancia– de las cuales emergen sus numerosos vástagos y
variantes: enojo y crueldad, avaricia y envidia, presunción y arrogancia,
hipocresía y vanidad, la multitud de puntos de vista erróneos.
Las actitudes contemporáneas no
ven con buenos ojos estas nociones de pureza e impureza y en un primer
encuentro pueden impactarnos como reminiscencias de un moralismo anticuado,
válido quizás en una era cuando la mojigatería y los tabús eran dominantes, pero
que no claman validez entre nosotros, los emancipados portadores de la antorcha
de la modernidad.
Cierto es que no todos nos
revolcamos en el fango del materialismo burdo y muchos de nosotros buscamos
nuestras iluminaciones y luces espirituales, pero las queremos en nuestros
propios términos y, como los herederos de la nueva libertad, creemos que deben
ser ganadas a través de una desenfrenada búsqueda de experiencia sin ninguna
necesidad especial de introspección, cambio personal o autocontrol.
Sin embargo, en las enseñanzas
del Buddha el criterio de la genuina iluminación reside precisamente en la
pureza de la mente. El propósito de toda visión interior y de la comprensión
iluminada es liberar a la mente de las impurezas. El propio Nibbana, la meta de
la enseñanza, se define bastante claramente como algo libre de deseo, odio e
ignorancia. Desde la perspectiva del Dhamma, pureza e impureza no son meros
postulados de un moralismo autoritario, sino real y sólidos hechos esenciales
para lograr una comprensión correcta de la situación humana en el mundo.
Como hechos de experiencia
vivida, pureza e impureza plantean una distinción vital que tiene un crucial
significado para aquellos que buscan la liberación del sufrimiento. Representan
los dos puntos entre los cuales el camino de la liberación se despliega, el
primero es el punto de partida, dudoso y problemático, el último su resolución
y fin. Las impurezas, declara el Buddha, se encuentran en el fondo de todo el
sufrimiento humano. Ardiendo adentro de uno como lujuria y deseo, rabia y
resentimiento, devastan corazones, vidas, esperanzas y civilizaciones enteras,
y nos guían ciega y sedientamente a través de la rueda del nacimiento y la
muerte. El Buddha describe las impurezas como ataduras, trabas, impedimentos y nudos; por esto que el camino a
desencadenarse, a la emancipación y la liberación, a desatar los nudos, es al
mismo tiempo una disciplina dirigida a la purificación interior.
El trabajo de purificación debe
emprenderse en el mismo lugar donde las impurezas se desarrollan, en la propia
mente, y el método principal que el Dhamma ofrece para purificar a la mente es
la meditación. La meditación, en el entrenamiento buddhista, no es ni una
búsqueda del éxtasis auto-efusivo ni una técnica de psicoterapia casera, sino
un método cuidadosamente concebido de desarrollo mental, –teóricamente preciso
y prácticamente eficiente– para alcanzar la pureza interna y la libertad
espiritual. Las herramientas principales de la meditación buddhista son los
factores mentales fundamentalmente sanos de la energía, atención plena,
concentración y comprensión. Pero en la práctica sistemática de la meditación,
éstos se fortalecen y se unen en un programa de auto-purificación que apunta a
extirpar tanto las raíces de las impurezas como sus ramas, para que incluso ni
siquiera las agitaciones insanas más sutiles permanezcan.
Dado que todos los estados
impuros de conciencia nacen de la ignorancia, que es la impureza más
profundamente arraigada, la purificación final y última de la mente debe ser
lograda a través de los instrumentos de la sabiduría, el conocimiento y la
visión de cómo son realmente las cosas. La sabiduría, sin embargo, no surge a
través de la suerte o de las azarosas buenas intenciones sino sólo en una mente
purificada. Así, para que la sabiduría aparezca y alcance la purificación final
a través de la erradicación de las impurezas, primero necesitamos crear un
espacio para ella, desarrollando una purificación provisional de la mente, una
purificación que, aunque temporal y vulnerable, todavía es indispensable como
un fundamento de la emergencia de toda visión interior liberadora.
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* Venerable Bhikkhu Bodhi.
Traducción española por Deva Milan del Centro Zen de México. El traductor desea agradecer la colaboración de
Laura Espinosa y Claudia Gómez. Traducción española con permiso del Ven.
Bhikkhu Bodhi de la Buddhist Publication Society. Ensayo #4 (Verano 1986) del
boletín de la Buddhist Publication Society. Copyright © 1986 Buddhist Publication Society. Este material puede ser reproducido para uso personal, puede ser
distribuido sólo en forma gratuita. Traducción española ©CMBT 2001. Última
revisión martes 9 de octubre
de 2001. Fondo Dhamma Dana.