BHIKKHU BODHI
Traducción al
español por Rutty Bessoudo
El llamado de nuestra era presente es, sin
duda, el llamado por la libertad. Quizás en ninguna época en la historia pasada
de la humanidad como en el presente, el grito por la libertad ha sonado tan
amplia y tan urgentemente, quizás nunca antes ha penetrado tan profundamente en
la estructura de la existencia humana.
En respuesta a la búsqueda del hombre por
la libertad, cambios de gran alcance se han elaborado en casi todas las esferas
de su actividad -política, social, cultural y religiosa. Los vastos imperios
que alguna vez se extendieron sobre la tierra, devorando como enormes monstruos
marinos míticos los continentes a su alcance se han desmoronado y desintegrado,
así como los pueblos sobre los cuales ellos reinaron, se han levantado para
reapropiarse de sus tierras nativas -en el nombre de la independencia, libertad
y autogobierno.
Viejas formas políticas como la monarquía
y la oligarquía han dado lugar a la democracia -gobierno por el pueblo- porque
cada hombre exige el derecho a aportar su voz hacia la dirección de su vida
colectiva. Instituciones sociales largamente establecidas que mantuvieron al
hombre cautivado desde antes del amanecer de la historia -esclavitud,
servidumbre, el sistema de castas- ahora han desaparecido, o están rápidamente
desapareciendo, mientras que informes de movimientos de liberación de una clase
o de otra, diariamente cubren los encabezados de nuestros periódicos y llenan
las páginas de nuestros periódicos populares.
Las artes, también dan testimonio de esta
búsqueda de una libertad mayor: verso libre en poesía, expresión abstracta en
pintura, y composición atonal en música, son solamente algunas cuantas de las
innovaciones que han sustituido las tradicionales estructuras restrictivas para
darle al artista un amplio espacio en su impulso para expresarse. Aun la
religión no ha podido reclamar inmunidad de esta frontera expansiva de
liberación. Los sistemas de creencias y códigos de conducta ya no pueden
justificarse más a sí mismos, como en el pasado, debido a que ellos sean
mandamientos de Dios, santificados por escrituras, ordenados por el sacerdocio.
Ellos ahora deben estar preparados para mostrarse al público, cortando sus
velos de santidad, expuestos a los embates críticos del pensador contemporáneo que
asume el derecho del libre cuestionamiento y utiliza su propia razón y
experiencia como su tribunal de apelación final.
Libertad de lenguaje, libertad de prensa,
y libertad de acción se han convertido en lemas de nuestra vida pública,
libertad de pensamiento y libertad de conciencia los lemas de nuestra vida
privada. En cualquier forma en que se obtenga, la libertad es vista como
nuestra más preciada posesión, más valiosa que la vida misma. "Denme la
libertad o denme la muerte”, un patriota americano exclamó hace doscientos
años. Los siguientes siglos han hecho eco a su reclamación.
Como si en respuesta al llamado de la
humanidad para establecer fronteras más amplias de libertad, el Buddha ofrece
al mundo su enseñanza, el Dhamma, como un camino a la liberación tan aplicable
el día de hoy, como cuando fue proclamada por primera vez hace veinticinco
siglos. "Así como en el gran océano existe solamente un sabor -el sabor de
la sal- así en esta doctrina y disciplina (dhammavinaya) existe
solamente un sabor -el sabor de la libertad". Con estas palabras el Buddha
avala la cualidad emancipadora de su doctrina.
Ya sea que uno pruebe agua sacada de la
superficie del océano o de su región media, o desde sus profundidades, el sabor
del agua es en cada caso el mismo -el sabor a sal. Y nuevamente, ya sea que uno
beba solamente una gota de agua del mar, o un vaso lleno, o una cubeta llena,
el mismo sabor salado está presente todo el tiempo. Análogamente con la
enseñanza de Buddha, un sólo sabor -el sabor de la libertad (vimuttirasa)-
impregna toda la doctrina y disciplina, desde su comienzo hasta su final, desde
su suave superficie hasta sus insondables profundidades. Tanto si se prueba el
Dhamma en su nivel más elemental -en la práctica de la generosidad y disciplina
moral, en actos de devoción y piedad, en conducta guiada por reverencia,
cortesía y amor compasivo-; o en su nivel intermedio -en el conocimiento sin
mancha supramundano y liberación realizada
por el santo liberado-, en cada caso, el
sabor es el mismo, el sabor de la libertad.
Si uno practica el Dhamma hasta un cierto
punto limitado, llevando una vida hogareña de acuerdo a rectos principios,
entonces uno experimenta a cambio una medida limitada de libertad; si uno
practica el Dhamma hasta un punto más pleno llegando hasta el estado de no
tener casa, ordenándose como monje, morando en reclusión, adornado con las
virtudes de un recluso, contemplando el surgir y cesar de todas las cosas
condicionadas, entonces uno experimenta una medida más plena de libertad; y si
uno practica el Dhamma hasta su culminación, realizando en esta vida presente
la meta final de liberación, entonces uno experimenta una libertad que es
inmensurable.
En cada nivel, el sabor de la enseñanza es
de una naturaleza única, el sabor de la libertad. Solamente el grado en el cual
este sabor se disfruta es que difiere, y la diferencia de grado es precisamente
proporcional al grado de la práctica de uno. Practica un poco de Dhamma y uno
cosecha un poco de libertad, practica abundante Dhamma y uno cosecha abundante
libertad. El Dhamma brinda su propia recompensa de libertad, siempre con la
exactitud de una ley científica. Ya que el Dhamma propone el proveer una
libertad tan completa y perfecta como cualquiera que el mundo moderno pueda concebir,
una congruencia fundamental parece obtenerse entre la aspiración del hombre por
expandir horizontes de libertad y las posibilidades que él pudiera realizar a
través de la práctica de las enseñanzas del Buddha. Sin embargo, a pesar de
esta concordancia de fines, cuando nuestros contemporáneos primero encuentran
el Dhamma, ellos a menudo al principio se enfrentan con una característica
particular, la cual chocando con sus modos conocidos de pensamiento, les
fulmina a ellos intelectualmente como una contradicción y emocionalmente como
un obstáculo. Es el hecho, de que mientras el Dhamma pretende ser un sendero a
la liberación, una enseñanza impregnada todo el tiempo por el "sabor de la
libertad," aun requiere de sus seguidores, la práctica de un régimen que
parece ser la verdadera antítesis de la libertad -un régimen creado sobre la
disciplina, restricción y autocontrol. "Por un lado nosotros buscamos la
libertad”, nuestros contemporáneos objetan, "y por el otro lado nos dicen
que para alcanzar esta libertad nuestros hechos, palabras y pensamientos deben
estar restringidos y controlados". ¿Cómo podemos entender esta
sorprendente tesis que la enseñanza del Buddha parece proponer: que para
alcanzar la libertad, la libertad debe ser restringida? ¿Puede la libertad como
un fin realmente ser alcanzada por medios que tengan que ver con la verdadera
negación de la libertad? La solución a esta aparente paradoja yace en la
distinción entre dos clases de
Libertad: entre la libertad como
libertinaje y la libertad como una autonomía espiritual. El hombre
contemporáneo, en su mayoría, identifica libertad con libertinaje. Para él,
libertad significa la posibilidad de perseguir sin obstáculos sus impulsos,
pasiones y caprichos. Para ser libre, él cree que él debe estar en libertad de
hacer todo lo que él quiere, decir cualquier cosa que quiera y pensar cualquier
cosa que él quiera. Cada restricción puesta sobre esta posibilidad, él la ve
como una intromisión sobre su libertad; por lo tanto un régimen práctico
llamando a limitar hechos, palabras y pensamientos, para disciplina y
autocontrol, le parece como una forma de esclavitud. Pero la libertad de la que
habla la enseñanza del Buddha no es la misma que el libertinaje. La libertad
hacia la cual el Buddha señala es la libertad espiritual -una autonomía interna
de la mente que sigue a la destrucción de las impurezas, se manifiesta a sí
misma en una emancipación del prototipo de patrones de conducta impulsivos y
compulsivos, y culmina con la liberación final del samsara, el ciclo repetido
de nacimiento y muerte.
En contraste al libertinaje, la libertad
espiritual no puede ser adquirida por medios externos. Sólo puede obtenerse de
forma interna, a través de un entrenamiento que requiere la renuncia a la
pasión e impulsos en el interés de un fin más alto. La autonomía espiritual que
emerge de esta batalla es el triunfo último sobre todas las reclusiones y
autolimitaciones; pero la victoria nunca puede ser alcanzada sin ajustarse a
los requisitos de la contienda -requisitos que incluyen limitación, control,
disciplina y, como el precio final, la renuncia al deseo de autoafirmación.
Para poder dar esta noción de libertad enfocada de una forma más clara, vamos a
plantearla vía su condición opuesta, el estado de esclavitud, y empezar por
considerar un caso de extremo confinamiento físico. Suponga que hay un hombre
encerrado en una prisión, en una celda con densas paredes de piedra y fuertes
barrotes de acero. El está amarrado a una silla, sus muñecas juntas atadas con
una cuerda, por detrás de su espalda, sus pies bloqueados con grilletes, sus
ojos cubiertos con una venda y su boca con una mordaza. Suponga que un día la
cuerda es desatada, los grilletes aflojados, la venda y la mordaza quitados.
Ahora el hombre está en libertad para moverse por la celda, a estirar sus
extremidades, a hablar y a ver. Pero aunque al principio él pueda imaginar que
está libre, no le llevará mucho tiempo darse cuenta que la verdadera libertad
está todavía tan distante como el claro cielo azul más allá de las paredes y
barrotes de acero de su celda. Pero suponga, ahora, que nosotros dejamos libre
al hombre de la prisión, y lo colocamos como un propietario de clase media, y
le restauramos enteramente sus derechos como ciudadano de estado. Ahora él
puede disfrutar la libertad política y social de que carecía como prisionero;
él puede votar, trabajar y viajar como él quiera, hasta puede tener un cargo
público. Pero aun permanece -en la
forma de sus responsabilidades, su carga de obligaciones, sus limitaciones de poder,
placer y prestigio- una
discrepancia dolorosa entre la libertad de dominio que él personalmente anhela
y la realidad de la situación que las circunstancias le han impuesto como su
tedioso destino. Así que vamos, como un paso más adelante, a levantar a nuestro
hombre de esta rutina de clase media y vamos a instalarlo, para su agradable
sorpresa en el trono de un monarca del mundo, un emperador universal ejerciendo
soberanía sobre toda la tierra. Vamos a colocarlo en un magnífico palacio,
rodeado por un ciento de esposas más bellas que flores de loto, en posesión de
ilimitados recursos de oro, tierra y gemas, dotado con los placeres más
sublimes de los cinco sentidos. Todo el poder es suyo, todo el gozo, fama,
gloria y riqueza. El necesita únicamente expresar su deseo para que se
considere como una orden, necesita solamente pronunciar un deseo para que se
traduzca en un hecho. Ninguna obstrucción a su absoluto libertinaje permanece.
Pero la pregunta aun sigue en pié: ¿Es él realmente libre? Vamos a considerar
este tema en un nivel más profundo.
Tres clases de sensaciones han sido
señaladas por el Buddha: sensación placentera, sensación dolorosa y sensación
neutral, es decir, sensación que no es placentera ni dolorosa. Estas tres
clases agotan la totalidad de sensaciones, y una sensación de una clase debe
estar presente en cualquier ocasión que surja una experiencia. Nuevamente, tres
factores mentales han sido señalados por el Buddha como las contrapartes
subjetivas a las tres clases de sensaciones descritas por él como anusaya,
tendencias latentes las cuales han estado yaciendo dormidas en el subconsciente
del continum mental de los seres sintientes desde tiempos sin principio,
siempre listas a surgir en un estado de manifestación cuando un estímulo apropiado
es encontrado, y calmarse otra vez al estado de latencia cuando el impacto del
estímulo se ha disipado. Estos tres factores mentales son deseo (caga),
repugnancia (patigha), e ignorancia (avijja), equivalentes
psicológicos a las raíces insanas del apego (lobha), odio (dosa),
y delusión o ignorancia (moha). Cuando un ser mundano, con una mente no
entrenada en los altos cursos de disciplina mental enseñada por el Buddha,
experimenta una sensación placentera, entonces la tendencia latente del deseo
surge de repente en respuesta, un deseo de poseer y disfrutar el objeto
que sirve como estímulo para la sensación
placentera. Cuando un ser mundano experimenta una sensación dolorosa, entonces
la tendencia latente de repugnancia toma lugar, una aversión hacia la causa del
dolor. Y cuando un ser mundano experimenta una sensación neutral, entonces la
tendencia latente a la ignorancia, presente pero secundaria en ocasiones de
deseo y aversión, surge a la superficie, envolviendo a la conciencia del ser
ordinario en un manto de triste apatía.
En cualquier ocasión que las tres
tendencias latentes, el deseo, la repulsión o la ignorancia sean provocadas por
sus correspondientes sensaciones desde su condición latente a un estado de
actividad, si una persona no hace el esfuerzo de disiparlas y anularlas,
entonces, ellas persistirán en la conciencia. Si, así como ellas persisten en
la conciencia, él cede repetidamente a ellas, las apoya y continúa aferrándose
a ellas, ellas reunirán un impulso, crecerán, y como una bola de fuego arrojada
a la paja, estallarán desde su fase inicial como débiles impulsos en poderosas
obsesiones que usurpan al hombre su capacidad de autocontrol. Entonces, aun si
el hombre es, como nuestro hipotético sujeto, un emperador sobre la tierra, él
interiormente ya no es su propio amo, sino un sirviente al mandato de sus
propias impurezas de la mente.
Bajo el predominio del deseo, él es
atraído por lo placentero, bajo el predominio del odio es ahuyentado por lo
doloroso, bajo el predominio de la ignorancia él está confundido por lo
neutral. Él es inclinado positivamente por la felicidad, inclinado
negativamente por el pesar, eufórico por el beneficio, honor y alabanza,
abatido por pérdida, deshonor y culpa. Aun cuando él perciba que un particular
curso de acción puede llevarlo solamente a dañarlo, está sin poder para
evitarlo; a pesar de que él sepa que un curso de acción alterna es claramente
para su beneficio, es incapaz de perseguirlo. Arrastrado por la corriente de
impurezas no abandonadas, es llevado de existencia en existencia a través del
océano del samsara, con sus olas de nacimiento y muerte, sus torbellinos de
miseria y desesperación. Exteriormente, él puede ser un soberano sobre todo el
mundo, pero en la corte de la conciencia, él todavía es un prisionero. En
términos de libertinaje él puede estar completamente libre, pero en términos de
autonomía espiritual él continúa siendo una víctima de la esclavitud en su
forma más desesperada: esclavo de una mente impura. Libertad espiritual, como
lo opuesto a esta condición de esclavitud, por lo tanto, debe significar
libertad del apego, odio e ignorancia. Cuando deseo, apego, odio e ignorancia
son abandonados en una persona, cortados en la raíz para que ya no puedan
permanecer por más tiempo ni en forma latente, entonces una persona encuentra
para sí misma un lugar de autonomía del cual nunca puede ser destronada, una
posición de dominio del cual nunca puede ser sacudida. Aunque él sea un
mendicante buscando su limosna de casa en casa, él aún sigue siendo un rey;
aunque él esté encerrado tras barrotes de acero, interiormente él es libre. Él
ahora es soberano sobre su propia mente, y como tal, sobre todo el universo;
porque nada en el universo le puede quitar esa liberación de corazón, la cual
es su inalienable posesión. Él habita en el mundo entre los altibajos del mundo
y fluye. Si objetos placenteros vienen dentro de su rango de percepción, él no
los ansía, si objetos dolorosos penetran en su rango, él no retrocede de ellos.
Él mira sobre ambos con ecuanimidad y nota su surgir y cesar. Hacia los pares
de opuestos los cuales mantienen al mundo en rotación, él está sin
preocupación, el ciclo de atracción y repulsión se ha roto en su base. Un trozo
de oro y un trozo de barro a sus ojos, son iguales; alabanza y menosprecio a
sus oídos son sonidos huecos. Él habita en la libertad que ha ganado a través
de largo y disciplinado esfuerzo. Él está libre de sufrimiento, porque con las
impurezas cortadas de raíz, la pena y el lamento ya no pueden caer más sobre su
corazón; ahí continúa solamente esta perfecta dicha sin manchas, sin ningún
rastro de apego.
Él está libre de miedo, del escalofrío de
ansiedad que aun reyes conocen en sus palacios, protegidos por guardaespaldas
por dentro y por fuera. Y él es libre de enfermedad, de la enfermedad de las
pasiones molestas y febriles que atan la mente en nudos, de la enfermedad del
samsara con sus vueltas de impurezas, acción y resultado. Él pasa sus días en
paz, impregnando al mundo con una mente de compasión ilimitada, disfrutando la
dicha de la emancipación, ó enseñando a compañeros caminantes del sendero el
camino que él mismo ha seguido a la meta, en el seguro y calmado conocimiento
que para él el camino sin principio de repetidos nacimientos y muertes ha sido
puesto a un fin, que él ha alcanzado el pináculo de santidad y efectuado la
cesación de todo futuro devenir.
En su plenitud, la libertad hacia la cual
el Buddha apunta como la meta de su enseñanza solamente puede ser disfrutada
por aquel que ha hecho la realización de la meta una cuestión de su propia
experiencia de vida. Pero sólo así como la sal deja su sabor a cualquier comida
en la cual se use para sazonar, así el sabor de la libertad se extiende por el
rango entero de la doctrina y disciplina proclamado por el Buddha, su inicio,
su parte media y su final. Cualquiera que pueda ser nuestro grado de progreso
en la práctica del Dhamma, hasta ese punto puede ser disfrutado el sabor de la
libertad. Siempre se debe tener en mente, no obstante, que la verdadera libertad,
la autonomía interna de la mente, no desciende como un regalo de gracia.
Solamente puede ser ganada por la práctica del sendero a la libertad, el Noble
Óctuple Sendero.
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Código:
FDD 021
Título:
El Sabor de la Libertad
Autor:
Bhikkhu Bodhi
Fecha
de publicación: 1976
Editor: Buddhist
Publication Society
Dirección
del Editor: P.O. Box 61, 54, Sangharaja Mawatha, Kandy Sri Lanka
Original: The
Taste of Freedom
Traductor: Rutty Bessoudo
Fecha:
1997
Fuentes: Times New
Roman
Páginas:
6
Reproducción
de la traducción española con permiso de la Buddhist Publication
Society
(1997)
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* Bhikkhu Bodhi. Traducción al español por Rutty
Bessoudo. Este material puede ser reproducido
para uso personal, puede ser distribuido sólo en forma gratuita. ©CMBT 1999.
Última revisión lunes, 13 de marzo de 2000. Fondo Dhamma Dana.