“El Dhamma está bien expuesto por el
Sublime, es realizable por uno mismo, es de efecto inmediato, invita a la
investigación, conducente al Nibbana, para ser comprendido por los sabios, cada
uno en su propia mente.”
Majjhima Nikāya
Fundamentos del
Buddhismo
Las
Cuatro Nobles Verdades, que el Buddha descubrió por sí mismo y reveló al mundo,
constituyen las principales características y los sólidos fundamentos del buddhismo.
Éstas
son (1) el sufrimiento (la razón de ser del buddhismo), (2) su causa, que es el
deseo, (3) su cese, que consiste en el Nibbāna (el “summum bonum” del
buddhismo), y (4) el Camino Medio que lleva a su cese.
Las
primeras tres representan la filosofía del buddhismo, mientras que la cuarta
representa la ética del buddhismo, en consonancia con esa filosofía.
Estas
cuatro verdades que condensan el Dhamma del Buddha son dependientes del propio
organismo. Son hechos indiscutibles completamente asociados con los hombres y
otros seres.
Estas
verdades existen en el universo aparezcan o no Buddhas en él. Los Buddhas tan
sólo las dan a conocer al mundo.
El
eje sobre el que se apoya el buddhismo es el sufrimiento. Aun cuando el
buddhismo enfatiza la existencia del sufrimiento, de ello no se sigue que el
buddhismo sea una religión pesimista. Al contrario, no es ni totalmente
pesimista ni totalmente optimista, sino realista. Sería justificable llamar al
Buddha pesimista si sólo hubiese recalcado la verdad del sufrimiento sin
sugerir un modo de ponerle fin y de obtener la felicidad eterna. El Buddha
percibió la universalidad del dolor y prescribió un remedio para esta
enfermedad universal de la humanidad. Según el Buddha la más alta felicidad
concebible es el Nibbāna, que es la total extinción del sufrimiento.
El
autor del artículo “Pessimism” (pesimismo) en la Encyclopaedia Britannica
escribe:
“El pesimismo denota
una actitud de desesperanza frente a la vida, una vaga opinión general sobre
que el dolor y el mal predominan en los asuntos humanos. La doctrina original
del Buddha es de hecho tan optimista como cualquier optimismo de Occidente.
Llamar a la doctrina ‘pesimista’ se debe tan sólo al hecho de aplicarle un
característico Principio Occidental según el cual la felicidad es imposible sin
la personalidad. El verdadero buddhista espera con entusiasmo la absorción en
la Beatitud eterna.”
Felicidad
El
Buddha no esperaba de sus discípulos que estuviesen constantemente
reflexionando sobre los males del mundo y hacer así sus vidas infelices.
El
gozo (pīti, interés placentero)
debe ser cultivado por cualquier buddhista como uno de los prerrequisitos
indispensables para la iluminación. En opinión de muchos escritores
imparciales, los buddhistas son conocidos por ser las personas más felices en
el mundo entero. No tienen el complejo de inferioridad de ser miserables
pecadores.
Los
miembros de la Noble Orden, que llevan la vida de santidad del modo más
completo posible, son quizás las
personas más felices. “Aho sukkham, aho sukkham” - ¡Oh felicidad!, ¡Oh
felicidad! "Vivamos en la dicha" - son algunos de los dichos
favoritos de sus discípulos.
Un
día una cierta divinidad se acercó al Buddha y le preguntó de este modo:
“Aquellos que hacen del bosque su lugar predilecto
Los nobles ascetas de vida santa
Quienes sólo rompen su ayuno para una comida
diaria:
¿Cómo es posible que muestren un semblante tan
sereno?”
El
Buddha respondió:
“Ellos no se lamentan por el pasado
Ni anhelan por lo que ha de venir
Viven atendiendo a lo que ahora sucede:
De este modo es que ellos muestran un semblante
tan sereno.”[1]
Los
bhikkhus viven felizmente en el eterno presente sin preocuparse por el pasado o
por el futuro.
La Ley Causal en
términos de Felicidad
En
el Samyutta Nikāya se encuentra una interesante interpretación del
Origen Dependiente (Paticcasamuppāda)
en términos de felicidad. El Buddha dice:
“El sufrimiento lleva a la fe (saddhā); la fe al deleite (pāmojja); el deleite al gozo (pīti); el gozo a la tranquilidad (passaddhi); la tranquilidad a la
felicidad (sukha); la felicidad a la
concentración (samādhi); la
concentración al conocimiento y visión de la verdad tal y como es (yathābutāñānadassana); el
conocimiento y visión de la verdad tal y como es al disgusto(nibbidā); el disgusto al desapego (virāga); el desapego a la
liberación (vimutti); la liberación a
la extinción de las pasiones (khaye
ñāna); esto es, al estado de Arahant.”[2]
En
este importante pasaje se indica claramente como el sufrimiento puede llevar a
la felicidad y en última instancia al estado de Arahant.
Tolerancia del
Buddhismo
No
es necesaria una fe ciega para entender estas Cuatro Nobles Verdades. Las
primeras dos verdades, que son mundanas (lokiya), pueden ser
experimentadas por los propios seres ordinarios. Las otras dos verdades, que
son supramundanas (lokuttara), pueden
ser experimentadas mediante la obtención de algún estado de santidad.
El
Buddha-Dhamma se edifica sobre este sólido lecho de piedra que son esos hechos,
que pueden ser verificados por propia experiencia y comprobados por cualquiera,
y no sobre el miedo a lo desconocido. El buddhismo es por tanto racional y
sumamente práctico.
En
el Dhamma no hay nada que sea impracticable o irracional. El Buddha llevaba a
la práctica todo lo que enseñaba; enseñaba lo que él practicaba. Lo que más
enfatiza en sus enseñanzas es la práctica, una persona no puede purificarse
solamente mediante credos.
En
el Dhammapada, v.19, se dice:
“Aunque uno recite muy a menudo las escrituras,
si es negligente y no actúa en consecuencia, es como el vaquero que cuenta las
vacas de los otros. No obtiene los frutos de la Vida Santa.”
Un
sistema racional y práctico no puede contener ninguna doctrina misteriosa o
esotérica. En el Parinibbāna Sutta el Buddha declara recalcándolo:
“He predicado la verdad sin hacer distinción
entre una doctrina esotérica y una doctrina exotérica, ya que en relación a las
verdades, Ānanda, el Tathāgata no tiene cosa tal como el puño cerrado
del maestro que se reserva la verdad final.”
Anantaram
y abāhiram son las palabras
usadas por el Buddha. Si el Buddha hubiese pensado “Esta parte de mi doctrina
no la voy a enseñar a los demás” o “Sólo voy a enseñar a los demás esta parte
de mi doctrina” habría caído dentro de la categoría de los maestros que se
guardan un puño cerrado. Si el Buddha hubiese pensado “Voy a adiestrar a estas
personas” o “A estas personas no las voy a adiestrar” habría formado un círculo
interno y un círculo externo a sus enseñanzas. El Buddha no hace tales
distinciones.
Con
respecto a las doctrinas secretas, el Buddha dice en el Angutara Nikāya,
I, p. 261:
“Oh, bhikkhus, hay tres a quienes les es propio
el secretismo y la falta de franqueza. ¿Cuales tres? El secretismo es propio de
mujeres, les falta franqueza. El secretismo es propio de la sabiduría de los
sacerdotes, les falta franqueza. El secretismo es propio de las falsas
doctrinas, les falta franqueza. La enseñanza proclamada por el Tathāgata
resplandece ante todo el mundo y no contiene secretos.”
Es
cierto que el Buddha no expresó su punto de vista sobre algunos problemas que
intrigan a la humanidad. Sobre estas controvertidas cuestiones el Buddha
mantenía un silencio característico porque las consideraba irrelevantes para su
noble misión y no esenciales para la emancipación de los seres.
En
cierta ocasión, un bhikkhu llamado Mālunkyaputta se acercó al Buddha y
pidió impacientemente una respuesta inmediata para ciertos problemas
especulativos bajo la amenaza de abandonar los hábitos definitivamente.
“Venerable señor,” él dijo, “estas opiniones el
Bienaventurado no las explica, las deja a un lado y las rechaza: el mundo es
eterno, el mundo no es eterno; el mundo es finito, el mundo es infinito; el
alma (jīva) y el cuerpo son una
misma cosa, el alma y el cuerpo son dos cosas distintas; el Tathāgata
existe tras la muerte, el Tathāgata no existe tras la muerte, el
Tathāgata existe y no existe tras la muerte.”[3]
El
Buddha le aconsejó que no desperdiciase tiempo y energía en tales opiniones
especulativas y ociosas que son perjudiciales para el progreso moral.
“Es como un hombre herido por una flecha untada
de un fuerte veneno, que, al llamar al médico cirujano que debe extraerla,
dijera: ‘No me sacaré la flecha hasta que sepa detalles del hombre que me ha
herido, características de la flecha que tengo clavada, etc...’ Ese hombre
moriría sin llegar a enterarse de todo eso. Del mismo modo que la persona
moriría antes de que se hubiesen aclarado esas cuestiones.”
La
resolución de esas cuestiones metafísicas no conducen al desapego, al
desapasionamiento, a la iluminación, o al Nibbāna.
En
otra ocasión cuando sus discípulos buscaban respuesta sobre esos puntos, él
guardó silencio sobre ello citando la parábola del elefante y los ciegos.[4]
Se
presentó un elefante a un grupo de ciegos para que describiesen que les
parecía. Los hombres tocaron las diferentes partes del cuerpo del elefante y
cada uno expresó su particular punto de vista sobre lo que había tocado.
Discutieron entre ellos y sus argumentaciones naturalmente finalizaron en una
pelea.
El
Buddha descarta con su característico silencio las especulaciones inútiles que
no atienden a la emancipación y que sencillamente satisfacen la curiosidad.
El
buddhismo no pretende dar una explicación a todos los problemas éticos y
filosóficos que preocupan a la humanidad. Nada se consigue con especulaciones y
opiniones ociosas que no conducen a la realización. El buddhismo tiene un
propósito específico y práctico –la erradicación del sufrimiento– y con este
objetivo a la vista todas las cuestiones secundarias irrelevantes se dejan
completamente de lado. Sin embargo, se invita a realizar una intensa
investigación sobre la verdadera naturaleza de la vida.
Ninguna
coacción, persecución o fanatismo juega ningún papel en el buddhismo. Sobre
este mérito exclusivo del buddhismo debe decirse que a lo largo de su pacífica
existencia de 2500 años ninguna gota de sangre se ha derramado en nombre del
Buddha, ningún monarca ha empuñado su poderosa espada para propagar el Dhamma y
no se han realizado conversiones ni a la fuerza ni usando métodos censurables.
Hasta la fecha el Buddha ha sido el primer y el más gran misionero que ha
vivido sobre la tierra. El buddhismo se ha extendido y sigue extendiéndose
rápidamente a lo largo de todo el mundo y consigue una introducción pacífica en
todas las regiones debido principalmente a su mérito intrínseco y a la
insuperable belleza de sus enseñanzas y de ningún modo con la ayuda del
imperialismo, militares o cualquier otro organismo proselitista.
Aldous
Huxley escribe:
“De entre todas las grandes religiones del
mundo, sólo el buddhismo ha seguido su curso sin persecuciones, censuras o
inquisiciones. A este respecto, su historial es enormemente superior al del
cristianismo, que formó su camino en medio de personas aliadas con el
materialismo y que justificaban con habilidad la sed de sangre de sus adeptos
mediante una lectura salvaje de textos de la edad del bronce como es el Antiguo
Testamento.”
Lord
Russell comenta: “De entre todas las grandes religiones de la historia, yo
prefiero el buddhismo, especialmente en sus formas tempranas; porque ha tenido
el mínimo elemento de persecución.”
En
el nombre del Buddha jamás ocurrió que ningún lugar sagrado fuese manchado con
la sangre de mujeres inocentes, ni fue quemado vivo ningún pensador sincero, ni
hubo sangrientas persecuciones de herejes.
El
buddhismo, que no enseña nada misterioso, no habla sobre milagros. El Buddha
sin duda poseyó poderes supranormales como resultado de su desarrollo mental,
pero no realizó milagros. Por ejemplo, el Yamaka Pātihāriya,[5]
erróneamente denominado “Milagro Gemelo,” es un fenómeno físico que solamente
puede realizar un Buddha. En este caso particular, con sus poderes psíquicos,
hacía salir por los poros de su piel agua y fuego simultáneamente.
El
buddhismo apela más al intelecto que a la emoción. Está más interesado en el
carácter de sus devotos que en su superioridad numérica.
En
una ocasión el millonario Upāli, un seguidor del Nigantha Nātaputta,
se acercó al Buddha y tras escuchar la exposición del Dhamma por parte del
Buddha se sintió tan satisfecho que expresó inmediatamente su deseo de
convertirse en un seguidor del Buddha. Pero el Buddha lo advirtió diciéndole
“Piénsatelo bien, respetable señor, es bueno que
un hombre tan conocido como tú piense bien las cosas.”
Upāli,
que estaba contento y complacido sobremanera con esta inesperada declaración
del Buddha, dijo:
“Venerable señor, si fueran otros los que
hubieran conseguido hacerme su discípulo, irían por todas las calles con una
pancarta que dijera: ‘El seglar Upāli se ha convertido en nuestro
discípulo.’ En cambio el Bienaventurado me dice: ‘Piénsatelo bien, respetable
señor, es bueno que un hombre tan conocido como tú piense bien las cosas.’
Estoy aún más complacido con esta advertencia del Bienaventurado. Por segunda
vez, venerable señor, yo voy por refugio al Buddha, al Dhamma y a la Sangha.”
A
pesar de que se había hecho buddhista por convicción, el Buddha, en una
magnífica demostración de su compasión ilimitada y perfecta tolerancia, le
advirtió que siguiese sustentando a su anterior maestro religioso en
conformidad con su práctica.
Animando
a todos los seguidores de la verdad a no ser influenciados por autoridades
externas o por la mera persuasión, el Buddha incluso llegó al extremo de pedir
a sus discípulos a no reverenciar de forma sumisa a autoridades superiores.
El
buddhismo está saturado con su espíritu de libre indagación y completa
tolerancia. Es la enseñanza de la mente abierta y del corazón comprensivo con
los que ilumina y calienta el universo entero con sus dos rayos de sabiduría y
compasión, y vierte su dulce resplandor sobre todo ser luchando en el océano de
nacimiento y muerte.
El
Buddha fue tan compasivo y tolerante que no ejerció su poder para dar órdenes a
sus seguidores laicos. En lugar de usar el imperativo –Debéis hacer o no debéis
hacer– él dice –Se espera de ti que hagas esto, se espera de ti que no hagas
esto.
Los
preceptos ordinarios que se espera que los buddhistas observen no son
mandamientos sino modos de disciplina (sikkhāpada)
que ellos toman por propia voluntad.
El
Buddha extendió esta tolerancia y comprensión a hombres, mujeres y a todos los
seres vivientes.
El Buddhismo y el
Sistema de Castas
Fue
el Buddha quien, por vez primera en la historia conocida de la humanidad,
intentó abolir la esclavitud e “inventó la moralidad más elevada y la idea de
hermandad de la raza humana entera y condenó en términos llamativos” la
degradación del sistema de castas que en aquel tiempo estaba firmemente
establecido en la sociedad India. El Buddha declara:
“No se es un paria por nacimiento,
No se es brahmán por nacimiento,
Se es un paria por las acciones,
Se es brahmán por las acciones.”[6]
El
Vāsettha Sutta del Sutta Nipāta (p.112) cuenta que dos jóvenes
brahmanes tenían una discusión con respecto a qué es lo que determina a un
brahmán. Uno mantenía que por el nacimiento se es brahmán, mientras que el otro
mantenía que por la conducta (deberes y ritos religiosos) se es brahmán. Como
ninguno de los dos pudo convencer al otro ambos estuvieron de acuerdo en
trasladar la cuestión al Buddha.
De
ese modo se acercaron al Buddha y presentaron su caso ante él.
Primero
el Buddha les recordó que aunque en el caso de las plantas, insectos,
cuadrúpedos, reptiles, peces y pájaros hay muchas especies y características
por las que pueden diferenciarse, no ocurre así en el caso de los hombres entre
los que no existen tales especies y características. Entonces les explicó como
los hombres se diferencian a sí mismos por una mera convención y según sus
varias ocupaciones. Para concluir el Buddha comentó:
“No se es brahmán por nacimiento, ni se deja de
ser brahmán por nacimiento;
Es por el modo de vida y por sus hechos por lo
que se es brahmán;
Sus acciones determinan al ganadero, al
artesano, al mercader, al siervo;
Sus acciones determinan al ladrón, al noble
guerrero, al sacerdote, al rey.”
Otro
interesante diálogo acerca de este problema de las castas aparece en el Madhura
Sutta.[7]
El Rey de Madhura informa de lo siguiente al Venerable Kaccāna:
“Kaccāna, los brahmānes dicen así: ‘La
casta superior es la de los brahmanes, las otras castas son inferiores; la
casta más blanca es la de los brahmanes, las otras son más oscuras; los
brahmanes son puros, no así los que no son brahmanes; los brahmanes son los
hijos legítimos de Brahmā, nacidos de la boca de Brahmā, creados por
Brahmā, descendientes de Brahmā, herederos de Brahmā.” ¿Qué
opinas de esto honorable Kaccāna?”
El
Venerable Kaccāna replicó que era una afirmación vacía y señaló cómo una
persona adinerada podría emplear como sirviente a un miembro de cualquier clase
o casta y cómo una persona maliciosa podría renacer en un estado desgraciado y
una persona virtuosa en un estado dichoso independientemente de sus castas
particulares, añadiendo que un criminal, a pesar de su casta, sería castigado
por sus crímenes. Recalcó el hecho de que todo aquel que se unía a la Orden
recibía por igual honores y respeto sin discriminación de ningún tipo.
Según
el buddhismo, la casta o el color no son impedimento para que uno se convierta
en seguidor del Buddha o para entrar en la noble orden de la Sangha donde todos
son tratados como Ariyas.[8]
Pescadores, basureros, cortesanas, junto con guerreros y brahmanes fueron
admitidos libremente dentro de la orden y se les dieron además posiciones
destacadas.
Upāli,
el barbero, se hizo principal discípulo en materias pertenecientes a la
disciplina o Vinaya, superando a todos los demás a ese respecto. Sunīta,
que era honrado por reyes y nobles como un Arahant, fue un tímido basurero. El
filosófico Sāti era el hijo de un pescador. La cortesana Ambapāli se
unió a la orden y obtuvo el estado de Arahant. Rajjumālā, que fue
convertida por el Buddha cuando estaba a punto de suicidarse, era una esclava.
También sucedió que el Buddha aceptó la invitación de Punnā para
permanecer allí una estación de las lluvias, en preferencia a la hecha por
Anāthapindika, que era su propio y principal mecenas. Subhā era la
hija de un herrero. Cāpā era la hija de un cazador de ciervos. Pueden
obtenerse muchos más ejemplos de las escrituras que muestran como las puertas
del buddhismo estaban abiertas a todos sin ningún tipo de distinción.
El
Buddha proporcionó igualdad de oportunidades para todos y, en lugar de
disminuirla, elevó la condición social de las personas.
En
el buddhismo encontramos leche para los niños y carne para los adultos, y es
atractivo igualmente para ricos y pobres.
El Buddhismo y las
Mujeres
Fue
también el Buddha quien elevó la condición social de las mujeres y las condujo
al reconocimiento de su importancia para la sociedad.
Antes
del nacimiento del Buddha, en la India no se tenía en gran estima a las
mujeres. Un escritor indio, Hemacandra, despreciaba a la mujer como “la
antorcha que ilumina el camino al infierno.”
El
Buddha no humillaba a las mujeres, tan solo las consideraba como débiles por
naturaleza. Él comprendió la bondad innata de ambos, hombres y mujeres, y les
asignó sus lugares debidos dentro de su enseñanza. El sexo no es obstáculo para
la purificación o realización.
Algunas
veces el término pali utilizado para referirse a las mujeres es mātugāma
que significa "matriarcado" o "sociedad de mujeres". Como
madre, la mujer posee un lugar destacado en el buddhismo. La madre es
considerada como una conveniente escalera para ascender a los mundos
celestiales, y la esposa se considera como la "mejor amiga" del
marido.
A
pesar de que al principio el Buddha se negó a admitir mujeres en la Orden con
argumentos razonables, finalmente cedió a los ruegos del Venerable Ānanda
y de su propia madre adoptiva, Mahā Pajāpatī Gotamī, y
fundó la orden de las Bhikkhunīs (monjas). Fue el Buddha quien fundó la
primera comunidad de mujeres con reglas y normas.
De
igual forma que a los Arahants Sāriputta y Moggallāna se les
consideró como los dos discípulos principales en la orden de bhikkhus, la orden
democrática de célibes más antigua, del mismo modo a las Arahants Khemā y
Uppalavannā se las consideró como las dos discípulas principales en la
orden de las bhikkhunīs. El propio Buddha también consideró entre sus
seguidores más distinguidos y piadosos a muchas otras discípulas. Entre los
Vajjis, la libertad de las mujeres se consideraba como una de las causas que
les llevó a la prosperidad de su pueblo. Antes del nacimiento del Buddha, las
mujeres no disfrutaban de suficiente libertad y fueron privadas de una oportunidad
para exhibir sus innatas capacidades espirituales y su dotes mentales. En la
India antigua, como aún puede verse hoy día, el nacimiento de una hija en la
familia era considerado como algo indeseable y desafortunado.
En
una ocasión, mientras el Buddha estaba conversando con el rey de Kosala, llegó
un mensajero e informó al rey de que acababa de tener una hija. Al enterarse,
el rey se sintió naturalmente disgustado. Pero el Buddha le animó y estimuló
diciendo:
“Una hija, oh soberano entre los hombres, puede
resultar
ser una descendencia igual o mejor que un hijo.”[9]
Para
las mujeres que vivían bajo diversas situaciones de impotencia antes de la
aparición del Buddha, la institución de la orden de las bhikkhunīs
significó en verdad una bendición. En esta orden reinas, princesas, hijas de
nobles familias, viudas, madres desconsoladas, mujeres desvalidas, cortesanas,
todas sin importar su casta o nivel encontraron un fundamento común,
disfrutaron de un alivio y paz perfectas, y respiraron de esa atmósfera de
libertad que era negada a aquellas que vivían enclaustradas en casas de campo y
mansiones palaciegas. Muchas mujeres que de otro modo habrían caído en el
olvido, se esforzaron y distinguieron de varios modos y consiguieron su
emancipación tomando refugio en la orden.
Khemā,
la primera discípula femenina, era la hermosa consorte del rey Bimbisāra.
Al principio era reacia a ver al Buddha ya que, tal y como había oído, éste
solía referirse a la belleza externa en términos despectivos. Un día visitó
casualmente el monasterio simplemente para disfrutar del paisaje del lugar.
Poco a poco fue atraída hacia la sala donde estaba predicando el Buddha. El
Buddha que leyó sus pensamientos, formó con sus poderes psíquicos la imagen de
una joven y hermosa doncella que permanecía de pié a su lado abanicándole. Khemā
admiró su gran hermosura. El Buddha hizo que la imagen que había creado fuese
cambiando desde su juventud, pasando por edad mediana y por edad avanzada,
hasta que finalmente cayó al suelo sin dientes, con el pelo canoso y su piel
arrugada. Sólo entonces se dio cuenta de la vanidad de la belleza externa y de
la naturaleza transitoria de la vida. Khemā pensó: “¿Deben los cuerpos
decaer de igual modo que ése? Entonces también le sucederá al mío.”
El
Buddha conoció su mente y dijo:
“Aquellos que son esclavos de la pasión van a la
deriva corriente abajo
Como una araña deslizándose hacia abajo por su
red
Ellos recogen lo que siembran. Pero el liberado,
Quien ha cortado toda atadura y rota en pedazos,
Con pensamientos atentos en algo mejor, renuncia
al mundo,
Y aleja todo deseo sensual.”[10]
Khemā
obtuvo el estado de Arahant y entró en la orden con el consentimiento del rey.
Destacó como la principal en capacidad de discernimiento entre las
bhikkhunīs.
Patācārā,
que perdió a sus dos hijos, marido, parientes y hermano en circunstancias
trágicas, fue atraída a la presencia del Buddha con su poder de voluntad.
Escuchando las reconfortantes palabras del Buddha, obtuvo el estado de entrada
en la corriente y entró en la orden. Un día que ella estaba lavándose los pies
se dio cuenta de como al arrojar el agua, ésta discurre un corto camino y
finalmente desaparece absorbida por el terreno, la segunda vez discurre un poco
más lejos y desaparece absorbida y la tercera vez llega todavía más lejos y es
absorbida. “De igual modo acontece la muerte de los seres,” sentenció, “ocurra
en la niñez, en la edad madura o en la vejez.” El Buddha conoció sus
pensamientos y, proyectando su imagen enfrente a ella, la adiestró en el
Dhamma. Obtuvo el estado de Arahant y posteriormente llegó a ser fuente de
consuelo de muchas madres afligidas.
Dhammadinnā
y Bhaddā Kāpilāni eran dos bhikkhunīs que eran respetables
expositoras del Dhamma.
En
respuesta a Māra, el Maligno, fue la bhikkhunī Somā[11]
quien señaló:
“¿Qué utilidad tiene la naturaleza femenina en
aquella cuyos pensamientos están bien controlados, en aquella cuyo conocimiento
va avanzando, que tiene un correcto entendimiento del Dhamma? El Maligno es
apto de hablarle a alguien que abriga dudas a la pregunta: ‘¿Soy una mujer en
estos asuntos, o soy un hombre, o acaso qué es lo que soy?’”
Entre
los laicos también hubo muchas mujeres que se distinguieron por su piedad,
generosidad, devoción, aprendizaje y amor benevolente.
Visākhā,
la principal benefactora de la orden, era la principal entre todas ellas.[11]
Suppiyā
era una laica muy devota que, viéndose incapaz de conseguir algo de carne del
mercado, se cortó un pedazo de carne de su muslo para preparar una sopa a un
bhikkhu enfermo.
Nakulamātā
era una fiel esposa que, mediante la recitación de sus virtudes, rescató a su
marido de las fauces de la muerte.
Sāmāvati
era una reina amable y piadosa que, sin malevolencia alguna, irradiaba amor
benevolente hacia su rival incluso cuando fue quemada hasta la muerte a causa
de las maquinaciones de su enemiga.
La
reina Mallikā aconsejó a su marido, el rey Pasenadi, en muchas ocasiones.
Una
criada, Khujjuttarā, consiguió muchos conversos enseñando el Dhamma.
Punabbasumātā
estaba tan atenta intentando escuchar el Dhamma que hizo callar a su hijo que
estaba llorando de este modo:
“¡Oh, silencio pequeño Uttarā! Estate
quieto Punabbasu,
Que pueda escuchar el Dhamma enseñado por el
Maestro,
Por el Más Sabio entre los hombres...
Querido nos es nuestro propio hijo, y
Querido nos es nuestro marido; más estimados que
ellos
Es para mi esta Doctrina que investiga el
camino.”[12]
Una
madre contemplativa, cuando se le cuestionó porque ella no lloraba la pérdida
de su único hijo, dijo:
“Llegó aquí sin nombre alguno, sin anunciar su
pronta partida;
Así como llegó, se marchó. ¿Que motivo hay para
estar apenada?”[13]
Sumanā
y Subhaddā eran dos hermanas de carácter ejemplar que tenían una fe
absoluta en el Buddha.
Estos
pocos ejemplos bastarán para ilustrar el gran papel desempeñado por la mujer en
tiempos del Buddha.
El Buddhismo y la
Inofensividad
La
bondad ilimitada del Buddha era irradiada no sólo hacia todos los seres humanos
sino también hacia el reino de los animales. Fue el Buddha quien prohibió el
sacrificio de animales y exhortó a sus seguidores a que extendiesen su amor
benevolente (mettā) a todos los
seres vivientes, incluso hacia la más pequeña de las criaturas que se arrastra
a los pies de uno. Enseñó que ningún hombre tiene derecho a eliminar la vida de
otro, puesto que la vida es estimada por todos.
De
un bhikkhu se espera que ejercite su amor benevolente en tal magnitud que en
las reglas del Vinaya incluso se prohibe excavar o ser el motivo de excavar en
la tierra. Del mismo modo tampoco puede beber agua hasta que ésta haya sido
filtrada.[14]
Asoka,
el más gran rey buddhista, esculpió palabras sobre rocas y monolitos diciendo,
“Un ser viviente no debe ser nutrido con un ser viviente. Aun no se debe quemar
la paja con insectos.”
Un
buddhista genuino debe practicar este mettā hacia cada uno de los seres
vivientes e identificarse con cada uno de ellos, sin hacer ningún tipo de
distinción. Es este mettā buddhista, una de las características más
sobresalientes del buddhismo, que pretende romper todas las barreras de casta,
color y religión que separan a unos hombres de otros. Si los seguidores de los
diferentes credos no pueden encontrar un principio común como hermanos y
hermanas debido tan sólo a que profesan religiones diferentes, entonces, sin
duda los maestros religiosos han fallado en sus nobles tareas.
En
el noble Decreto de la Tolerancia, basado en el Culla Vyūha y el Mahā
Vyūha Suttas, el rey Asoka dice: “La concordia es lo mejor que hay, es
decir, todos deben aceptar de buena gana las doctrinas profesadas por otros.”[15]
En
su enseñanza, el buddhismo no tiene característica alguna que lo limite a
ninguna nación particular ni ninguna región en concreto. Es universal en su
declaración.
Para
el buddhista no hay lejanía o proximidad, no hay enemigos o extraños, no hay
renegados o intocables, debido a que el amor universal, realizado por medio de
la comprensión directa, ha establecido la hermandad de todos los seres
vivientes. Un auténtico buddhista es un ciudadano del mundo.
Por
lo tanto, algunas características destacadas del Buddhismo son su racionalidad,
practicabilidad, eficacia, no-violencia, inofensividad, tolerancia y
universalidad.
Habiendo
existido durante más de 2500 años, el buddhismo es la más noble de todas las
influencias que se hayan erguido y unificado nunca.
* * * * *
Las
naciones se forman y se disuelven. Los imperios construidos sobre la fuerza y
el poder han florecido y perecido. Pero el Imperio del Dhamma del Buddha,
fundado sobre el amor y la razón, todavía sigue floreciendo y continuará
floreciendo durante tanto tiempo como sus seguidores observen sus nobles
principios.
* * * * *
* Capítulo 16 (Some Salient Characteristics of Buddhism) del libro The
Buddha and His Teachings por Narada Mahathera. Traducción española por Marco Antonio Montava con permiso de
la Buddhist Publication Society (BPS). Versión original ©Buddhist Publication Society 1997. La fuente usada en
este documento es Times New Roman que contiene algunas de las marcas
diacríticas de la Lengua Pali. Las demás marcas diacríticas han sido
representadas usando las letras normales. Este material puede ser reproducido para uso personal,
puede ser distribuido sólo en forma gratuita. Traducción española ©CMBT 2001.
Última revisión 27
de diciembre de 2001. Fondo Dhamma Dana.
[2] Samyutta Nikāya, vol. ii, p. 32; Kindred
Sayings, parte 2, p.27.
[3]
Majjhima Nikāya, I, 63, Cūla Mālunkya Sutta, p. 426.
[4] Ver
Udāna, vi, p. 4; Woodward, Some Saying of the Buddha,
pp.287, 288.
[5] Ver Cap. 8, arriba.
[6] Sutta
Nipāta, Vasala sutta, p.21.
[7] Majjhima
Nikāya, vol ii, pp.83-90.
[8] N. del T. Personas
Nobles.
[9] Kindred Sayings, parte I, pp.111.
[10] Psalms of the Sisters,
p.82
[11] Samyutta Nikāya, parte I, p.162.
[12] Kindred Sayings, 5, parte I, p. 270.
[13] Traducción del Jātaka, No.354,
V, p.110.
[14] N. del T. Por compasión hacia los diminutos seres terrestres y acuáticos.
[15] Evidentemente el autor se refiere al Decreto de Piedra XII, donde leemos (en Prakrit): “samavāyē va sādhu, kiti? amnamanasā dhammam suneyu cā sususeyu cā ti,” literalmente “La concordia es lo mejor que hay. ¿Por qué? Aquellos con diferentes opiniones pueden escuchar y observar el dhamma" (donde ‘dhamma’ debe entenderse en su sentido amplio). Ed.